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lunes, 8 de octubre de 2012

La historia de la ciencia



LEONARDO MOLEDO, AUTOR DE HISTORIA DE LAS IDEAS CIENTIFICAS

“La historia de la ciencia es una aventura inigualable”

A partir del miércoles próximo, Página/12 comenzará a publicar la serie de 40 fascículos que van de Tales de Mileto a la Máquina de Dios, con ilustraciones de Milo Lockett. En esta entrevista, el autor reflexiona sobre los enrevesados caminos del pensamiento.

 Por Nicolás Olszevicki

–Una de las cosas que llaman la atención de los fascículos que va a publicar Página/12 a partir del miércoles próximo es que se trata de una historia de las ideas científicas y no de una historia de la ciencia a secas... ¿Por qué?
–Bueno, me pareció interesante hacer hincapié no tanto en los hechos concretos o descubrimientos concretos –lo que también es interesante, obviamente–, sino en las líneas de pensamiento que llevaron a esos descubrimientos, teorías, hallazgos. En última instancia, la ciencia nace de una sociedad que está pensando cosas, y esas cosas que se piensan, así como los estilos en pintura, en literatura o en música, son los titiriteros que manejan en forma explícita o implícita la actividad de los científicos. Y hay corrientes de pensamiento, linajes intelectuales, posiciones que duran muchísimo tiempo y que recorren toda la historia de la ciencia, a veces desde Tales de Mileto hasta hoy.
–¿Por ejemplo?
–Durante siglos se discutió la existencia o no del vacío, la existencia o no de los átomos, y esa discusión tuvo diferentes respuestas de acuerdo con quiénes fueran los personajes que intervinieran y cuál fuera el momento histórico. La discusión sobre la existencia de los átomos va desde los atomistas griegos y Aristóteles, que los negaba, hasta el siglo XIX, en el que todavía muchos químicos negaban la existencia de los átomos y los consideraban simples maneras de hablar.
–Y una historia de las ideas científicas obviamente no puede desvincularse de una historia social y política...
–En general, no, porque la ciencia más o menos acompaña los objetivos o las formas de funcionar de una sociedad determinada. Para poner un ejemplo muy ingenuo: una sociedad cazadora-recolectora es probable que se interese más por la botánica que una sociedad basada en la pesca. Ahora bien: las sociedades burguesas, que surgieron a partir del siglo XVI o XVII en Europa...
–Y un poquito antes también...
–Se podría decir que antes eran sociedades con burgueses, no burguesas. Las sociedades burguesas se interesan más por cuestiones abstractas y de medición que la sociedad medieval. El descubrimiento de América y la invención de la imprenta multiplicaron los intereses y las posibilidades de acceder al conocimiento, y por lo tanto, la cantidad de gente interesada. No es lo mismo un mundo sin libros que un mundo con libros. Y la relación entre la ciencia y la sociedad no pasa sólo por los intereses sino por las posibilidades. De cualquier manera, no hay que caer en un reduccionismo absoluto. Esta cuestión de la teoría atómica de la que hablábamos, por ejemplo: no sé si hay una correspondencia tan punto a punto. Se puede decir que la teoría atómica responde más a una filosofía mecánica, y que una filosofía mecánica responde más a un mundo donde se valoran las máquinas y la producción. Pero obviamente no hay una relación punto a punto.
–Porque si se pensara así, habría que pensar que el atomismo surge recién con la Revolución Industrial.
–Y surge en realidad en la polis griega, aunque triunfa de manera definitiva en el siglo XIX. Entre Demócrito (siglo V a.C.) y Dalton (1810) no hay ningún avance sobre la naturaleza de los átomos y su naturaleza química o real. De hecho, la primera edición de la Enciclopedia Británica, en el siglo XVIII, define al átomo como lo definía Demócrito.
–Y eso va muy en contra del sentido común sobre la historia de la ciencia. El sentido común tiende a pensar que hay una progresión lineal de la ciencia, que el pensamiento se plantea problemas que va solucionando linealmente en un progreso indefinido.
–Sí, ésa es la visión actual.
–Actual, ¿desde cuándo?
–La idea de progreso es relativamente nueva, una idea que podríamos remontar a la Revolución Científica. La aparición de la burguesía es la que instala la idea de progreso. A pesar de que hay ciertas épocas previas (en Alejandría, por ejemplo, o en la época romana, alrededor del siglo I, cuando se hacían exposiciones con aparatos a las que los romanos iban para ver los avances de la técnica) en las que estoy seguro de que esa idea estuvo presente. La cuestión es que la ciencia no avanza linealmente sino a los tumbos: avanza, retrocede, tropieza, se equivoca. Y no puede sino ser de otra manera, porque, como decía antes, la ciencia toma gran parte de sus ideas subyacentes de la evolución o el cambio o el estado de las ideas de la sociedad. Y todas esas progresiones no son sincrónicas. Alguien puede desfasarse o adelantarse, como en la sociedad. Lo que pasa es que nosotros ahora tenemos una idea clara de lo que es el progreso.
–¿Sí?
–En lo científico, sí. El progreso en lo científico es descubrir más sobre el Big Bang y el momento cero del universo, curar más enfermedades, descifrar capas más profundas del genoma, encontrar partículas elementales. Por ejemplo, el Bosón de Higgs muestra una faceta interesante, porque de alguna manera cierra el modelo estándar de partículas. Pero eso no quiere decir que se haya terminado. Ahora, nosotros, que vivimos imbuidos de la ideología del progreso científico, en general pensamos en extrapolaciones de lo que se está haciendo en este momento: sabemos que nos faltan tales aparatos para hacer tales cosas que no podemos hacer ahora y eso es lo que concebimos como progreso científico. Pero seguro que nos faltan aparatos que no sabemos que nos faltan, como Copérnico no sabía que le faltaba el telescopio, a pesar de que parece que los árabes ya tenían algo de eso. Y eso es lo más interesante: lo que no sabemos y no sabemos que no sabemos.
–Esta concepción de la ciencia puede traerle varios enemigos. ¿No es algo ingenuo pensar en la ciencia como algo que progresa, teniendo en cuenta todos los desastres a los que ha llevado?
–La idea de progreso es ambigua. La visión del progreso del siglo XIX, incluso la visión racionalista del progreso, produjo bastantes desastres, como es obvio. Acá mismo, el progreso era el ferrocarril y con el ferrocarril venía el rifle. Y ahí viene la vieja discusión sobre el problema de la teoría y la aplicación: una mala aplicación no desautoriza una buena teoría. Pero incluso hubo teorías científicas que fueron utilizadas ellas mismas como elemento de opresión, como las teorías raciales que se (mal) derivaron de la teoría de la evolución. De cualquier manera, creo que es necesario hacer una distinción entre el aspecto puramente teorético de la ciencia y su aspecto institucional. Me parece sensato pensar que la ciencia efectivamente avanza en su conocimiento por más que institucionalmente se utilicen mal sus resultados. Y hay un buen ejemplo para eso: el VIH. En sólo treinta años se consiguió cronificar la enfermedad y por lo tanto, en principio, controlar la epidemia. Pero la epidemia sigue en algunos países por razones puramente económicas y sociales, como en ciertas zonas de Africa. Eso no quiere decir que la ciencia en sí misma defienda los intereses de ninguna clase social ni nada por el estilo.
–Cuando uno habla de historia de la ciencia, o de historia de las ideas científicas, tiende a pensar que ciencia propiamente dicha no hay hasta bien entrado el siglo XVI o XVII con la Revolución Científica. Sin embargo, su historia comienza con Tales de Mileto.
–Es falso que no haya habido ciencia antes de la Revolución Científica. Completamente falso. Los griegos hicieron buena ciencia, construyeron un sistema astronómico bastante preciso, se ocuparon de biología, matemáticas, medicina, lógica. Tuvieron muy claramente el concepto de lo que es una ciencia racional, de lo que es la observación y la teoría... Incluso, en algún momento la cuestión se transformó de los grandes sistemas a las ciencias particulares. La Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, funcionaba como una universidad moderna, más o menos. No es verdad, tampoco, que no hubo ciencia en la Edad Media. En la segunda parte de la Edad Media, después del siglo XI, se pensaba (y mucho) sobre la estructura del mundo, sobre la naturaleza del movimiento. Se discutía, había distintas escuelas y había, sobre todo, un brillo intelectual impresionante. Roger Bacon pensaba en máquinas voladoras y submarinos antes que Leonardo... ¡Eso sí que era una idea de progreso! Y en el siglo XII o XIII, Bernardo de Chartres decía: “Si vemos más lejos, es porque estamos subidos en hombros de gigantes” y Nicolás de Oresme en algún momento dice que deja las cuestiones de las que tratan sus estudios para los estudiantes que vengan después de él. O sea que sí hubo ciencia antes de la Edad Moderna. Uno podría ver todo el pensamiento científico como una aventura: la aventura de expandirse y ser cada vez más preciso en los conocimientos que se adquieren. Es razonable pensar que sabemos más de astronomía que Ptolomeo.
–¿Es razonable? ¿Nada más?
–Bueno, no: sabemos más de astronomía que Ptolomeo, de medicina que Hipócrates, de química que Lavoisier. Tenemos en nuestras manos piedras lunares, hay aparatos explorando Saturno, Júpiter; nuestra medida del universo es más exacta que la de Copérnico. Me parece que a pesar de lo que no sabemos y de lo que no nos imaginamos que no sabemos –que es lo más importante–, podemos decir que el acervo de conocimientos que tenemos es mayor que el que tenían los griegos, o el que se tenía hace dos siglos. Y si lo pensamos así, nos podemos preguntar cómo llegamos desde Tales de Mileto a la Máquina de Dios. Todo esto tiene evidentemente ribetes de aventura, de una aventura inigualable: la historia de las ideas científicas es una historia de una serie de pensamientos, de ideas, de equivocaciones y rectificaciones, de intuiciones geniales, de soluciones extraordinarias a problemas a simple vista insolubles, todos los cuales implicaron esfuerzos intelectuales tremendos. Incluso aquellos que luego fracasaron. Entonces una historia de esos esfuerzos intelectuales metidos en una realidad que (como toda realidad contemporánea) uno conoce poco, tiene un interés muy especial. Es la historia del esfuerzo intelectual del hombre. Nada más y nada menos.

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