PULSACION

PULSACION
PULSACIÓN se distribuye en forma gratuita

jueves, 26 de diciembre de 2013

STEPHEN HAWKING

La vida novelesca de un científicosuperstar


Es septiembre de 2012. Miles de personas colman la sala del Flint Center de San José, California, con la mirada fija en el gran escenario. Súbitamente, estallan los aplausos y todos se ponen de pie. Los focos iluminan la figura desgarbada, con la cabeza inclinada hacia un costado, las manos entrelazadas y las piernas flexionadas sobre la silla de ruedas, del científico más famoso del mundo, Stephen Hawking. La cámara toma un primer plano de sus anteojos, sobre los que está montado el sensor de alta velocidad que le permite elegir letras o palabras en una pantalla conectada con un sintetizador de voz, con sólo realizar un imperceptible movimiento de la mejilla, el último músculo que puede controlar. Enfoca los cuatro dientes que sobresalen de su mandíbula inferior, su pañuelo en el cuello y su inesperada camisa color púrpura.
"Mi nombre es Stephen Hawking -se escucha, en el tono monocorde que emite el sistema electrónico-. Durante los últimos cincuenta años he viajado por el mundo dando conferencias acerca del espacio y del tiempo, y de las leyes que gobiernan el universo. Este film es un viaje personal a través de mi vida, contado en mis propias palabras. Vengan conmigo y les mostraré cómo vivo y trabajo hoy, y les contaré la historia de cómo me transformé en quien soy. Bienvenidos a mi mundo."
Hawking, superestrella de la ciencia, está otra vez en el centro de la escena. Un film que se inicia con estas tomas y abrió hace algunas semanas el Cambridge Film Festival ( Hawking, the Remarkable Story of a Beautiful Mind ) pasa revista a su vida y su obra, y recoge testimonios de sus alumnos, colegas, familiares, enfermeras y cuidadores. Junto con una autobiografía de reciente publicación en inglés ( My Brief History , BantamPress, 2013), ofrece un testimonio sobrecogedor de quien es considerado por algunos el heredero de Einstein, tanto por sus aportes fundamentales al conocimiento de las leyes del universo como por su popularidad: lejos del estereotipo del sabio ceñudo y aislado del mundo, opina sobre temas de política internacional, participa en shows cómicos como el de Jim Carrey, fue incorporado como personaje en la serie de los Simpsons, participó en The Big Bang Theory , aceptó hacer un cameo en Star Trek , hizo un vuelo en el que experimentó la falta de gravedad y Richard Branson, el magnate dueño de Virgin Galactic, le prometió que estará en el primer viaje privado al espacio. Donde vaya, lo apuntan las cámaras fotográficas y los medios reproducen sus declaraciones.
Después de seis libros en los que logró arrastrar a lectores de todo el mundo a explorar los desconcertantes misterios del cosmos, en My Brief History ("Mi breve historia", en alusión a Breve historia del tiempo , su primera obra para el público general publicada en 1988, que estuvo más de cuatro años en la lista de best sellers de The New York Times, vendió más de 10 millones de ejemplares y fue traducida a más de 40 idiomas), Hawking encara un viaje muy diferente, que lo lleva a repasar los pliegues de su propia vida y el camino intelectual que va desde su niñez en la Inglaterra de posguerra, cuando era un alumno poco aplicado pero sagaz, al que sus compañeros bautizaron "Einstein", hasta la celebridad. Con su prosa sencilla, que destila humor y picardía, Hawking pone al descubierto los engranajes mentales que lo condujeron a sus descubrimientos y hasta revela los entretelones de sus dos matrimonios, y las penurias a que lo sometió la enfermedad neurodegenerativa que lo tiene postrado desde hace casi cinco décadas.
Hawking nació el 8 de enero de 1942, exactamente 300 años después de la muerte de Newton, cuya cátedra "lucasiana" ocupa en Cambridge. Su padre, Frank, médico e investigador en enfermedades tropicales, y su madre, Isobel, secretaria, se educaron ambos en Oxford. Según su amigo de la escuela John McClenahan, creció "en una casa poco convencional, en la que los chicos tenían mucha libertad. Había libros por todas partes y se discutían temas como el sexo, la homosexualidad o el aborto".
Stephen, el mayor de cuatro hermanos, dos mujeres y un varón adoptado cuando él tenía 14 años, aprendió a leer recién a los ocho, pero desde chico sintió pasión por saber cómo funcionan las cosas. "Siempre quería construir mecanismos que pudiera controlar -escribe-. [?] Cuando comencé mi doctorado, esta urgencia fue saciada por mi investigación en cosmología. Si uno entiende cómo opera el universo, de algún modo también lo controla." Su hermana Mary y su prima Sarah Hardenberg recuerdan otras facetas de su personalidad. "Le gustaba ganar? en todo -dice Mary-. Creo recordar que sólo una vez le gané a las damas y se ocupó de que nunca volviera a suceder." "Pasaba muchísimo tiempo mirando las estrellas y preguntándose dónde terminaba la eternidad -añade Sarah-. No podía concebir que hubiera algo sin fin."
Por sus notas, nunca superó la mitad del curso y reconoce que no le dedicaba más de una hora diaria a la escuela. (Cuando tenía 12 años, uno de sus amigos le apostó a otro una bolsa de caramelos a que nunca llegaría a nada.) Su padre quiso que siguiera medicina, pero él optó por la física, aunque hasta entonces le había resultado "aburrida por lo fácil y obvia".
Y antes de que tuviera tiempo de comprenderlo, empezaron a manifestarse sus problemas de salud. En el último año de la universidad, a los 21, notó que su letra habitualmente desastrosa se hacía aún más torpe. Un día se cayó por la escalera y cuando recuperó el conocimiento, no sabía quién era ni dónde estaba. "En ese momento, no me di cuenta de que [esos episodios eran] una advertencia de peores cosas por venir -cuenta-. Pero me recuperé y a pesar de mi actitud relajada hacia el estudio, me gradué con honores y fui a la Universidad de Cambridge para hacer mi doctorado."
Era 1962 y estaba desesperado por hacer oír su propia voz en el debate de ese momento entre las hipótesis que intentaban explicar el origen y el fin del universo: el big bang vs el universo estacionario. "Pero el desafío más apremiante era mantener el control de mi cuerpo", destaca. Lo internaron en el hospital en Londres y lo sometieron a estudios durante varias semanas. El diagnóstico fue esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa neuromuscular en la que se van muriendo unas células del sistema nervioso llamadas neuronas motoras, lo que provoca parálisis progresiva. Le dieron dos a tres años de vida. Para Stephen, aquello fue devastador. No estaba haciendo mucho progreso en su tesis y pensó que tal vez no viviría lo suficiente para terminarla. Se volcó a escuchar a Wagner, pero aclara que las versiones que afirman que se dio a la bebida son exageraciones de las revistas.
Sin embargo, no se murió. Al principio, la enfermedad pareció progresar muy rápido, pero luego el avance se fue haciendo más y más lento. Entonces, conoció a una joven estudiante subgraduada del Westfield College llamada Jane Wilde. "Era muy divertido -recuerda Jane en el film-. Tenía una gran sonrisa y unos hermosos ojos grises. Creo que fue eso lo que me enamoró. Íbamos a desafiar a la enfermedad, a los médicos y al futuro." "Jane era hermosa, gentil y no se amilanaba por mi enfermedad -dice Hawking-. Enamorarme y comprometerme fue la motivación que necesitaba. Tendría que obtener el doctorado. Empecé a trabajar duro por primera vez en mi vida. Me sorprendió darme cuenta de que me gustaba."
Stephen sabía que no tendría demasiado tiempo, de modo que decidió atacar el problema más importante de la cosmología: si el cosmos tenía un comienzo o no. Muchos científicos respaldaban la idea del big bang . Stephen había estudiado los agujeros negros, esas extrañas criaturas cósmicas cuya gravedad es tan intensa que ni la luz puede escapar de ellas y que devoran todo lo que las rodea. Se los considera una "singularidad", un punto en el que el espacio y el tiempo tienen un final. En un artículo escrito con el matemático Roger Penrose ("Era alguien que captaba las ideas muy rápidamente", asegura), aplicó esa noción de singularidad al universo entero. "Súbitamente? lo tenía -cuenta Hawking-. Me imaginé yendo hacia el pasado y planteé un cosmos que podría haber sido una singularidad. El tiempo se detiene y es el comienzo de todo. No hay un tiempo previo. [En esta hipótesis] el universo se crea a sí mismo en el big bang . [?] Había llegado a la conclusión de que las leyes de la naturaleza no tienen necesidad de un creador."
Se presentó a un puesto en el Gonville and Caius College, de Cambridge, lo obtuvo y decidió casarse con Jane. Pero no todo era color de rosa. "Stephen estaba perdiendo fuerza en sus brazos y piernas -recuerda ella-. Fuimos de luna de miel a una conferencia de física en la Universidad de Cornell, en Nueva York. Y entonces me enteré de que había una diosa en la vida de Stephen con la que compartía el matrimonio: la física."
Luego de la publicación de su tesis, la reputación de Hawking creció sin parar. Se concentró en los agujeros negros y especialmente en las partículas que los rodean. "Para mi sorpresa, me di cuenta de que algunas escapaban a la atracción gravitacional, lo que parecía una burla a las leyes conocidas de la física. Al principio, pensé que era un error", cuenta. Después de varios meses agotadores en los que escuchaba a Wagner y parecía ausente, encontró la respuesta. Descubrió que, contrariamente a todas las teorías vigentes, los agujeros negros debían emitir partículas y perder calor. Esta suerte de evaporación significaba que el agujero negro podía eventualmente desaparecer.
Anunció sus hallazgos en 1974, en una conferencia de cosmología de Oxford. Cuando terminó, la gente no podía creer lo que había escuchado, pero tras muchas discusiones, su propuesta fue aceptada y esas partículas emitidas por los agujeros negros se conocen hoy como "radiación de Hawking". Era la primera vez que alguien unificaba la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica y la termodinámica. Según los físicos más destacados, sólo de tanto en tanto alguien llega a un resultado tan bello?
Los honores comenzaron a sucederse cada vez con mayor frecuencia. Fue uno de los miembros más jóvenes incorporados a la Royal Society y Pablo VI le entregó la medalla de oro de la ciencia, mientras la enfermedad seguía avanzando. "Ese año perdió el uso de sus manos -cuenta Kip Thorne, el físico que trabajó con él durante su temporada en Caltech, en California-. Hasta entonces todavía podía escribir ecuaciones, pero desde ese momento desarrolló todavía más su forma de pensar absolutamente única, manipulando formas en su cabeza. Se movía a la velocidad de la luz a través de las fronteras del conocimiento y veía cosas que nadie más podía advertir."
"Triturar problemas en mi mente ha sido mi principal método de descubrimiento durante la mitad de mi vida -destaca Hawking-. Mientras la mayoría de la gente que me rodeaba conversaba, yo me transportaba muy lejos, perdido en mis propios pensamientos, tratando de entender cómo funciona el cosmos." Frecuentemente, se atragantaba y sufría fuertes ataques de tos: "Me daba cuenta de que el tiempo me jugaba en contra, pero [?] estaba decidido a escribir un libro sobre cómo había comenzado el universo", explica. Quería un texto que todos pudieran leer, como una novela de aeropuerto. Escribió un capítulo y se lo envió al agente literario Al Zuckerman, que le dijo que no iba a funcionar, pero lo envió a diversas editoriales. Hawking eligió a Bantam Books, donde el editor Peter Guzzati se tomó su trabajo muy en serio.
"Al principio, me sentí desilusionado, pero pensé? tal vez ocurra un milagro", confiesa Guzzati. Y efectivamente sucedió algo extraordinario, pero no lo que imaginaban: ese verano, durante un viaje al CERN, Stephen contrajo neumonía y fue puesto en coma inducido. Los médicos creyeron que había llegado el final y llamaron a Jane para desconectarlo. Pero ella se negó e insistió en que lo enviaran a Cambridge. "Sentí que había luchado tan duramente contra la enfermedad que no estaba preparado para rendirme así nomás -cuenta Hawking-. Tuvieron que hacerme una traqueotomía para conectarme con un respirador, y como resultado me quitaron la posibilidad de hablar. Enfrentaba una vida en la que no iba a poder comunicarme con los demás." Todas las esperanzas de terminar el libro e incluso su carrera parecían haberse evaporado.
Las semanas de recuperación se volvieron meses. Y aunque poco a poco se puso más fuerte, se sentía preso en su cuerpo. Fue entonces cuando brilló un rayo de esperanza desde el otro lado del océano. El tecnólogo Wolt Wotosz había diseñado un sistema informático que les permitía a personas como él elegir letras o palabras de una pantalla de computadora, y así formar frases para escribir o hablar. Usando ese dispositivo, y a una velocidad de tres palabras por minuto, terminó el libro y el resultado fue Breve historia del tiempo .
Disfrutó del interés de la gente por el universo, pero la voracidad de la prensa comenzó a ser un problema para el matrimonio. Se separó de Jane en 1990 y se divorció en 1995. Ese año anunció su compromiso con una de sus enfermeras, Elaine Mason, y volvió a casarse. Este nuevo matrimonio fue, según sus propias palabras, "apasionado y tempestuoso". Estuvieron juntos durante once años, en los que ella volvió a salvarlo varias veces, pero también enfrentó acusaciones de maltrato que él desmintió. Se divorciaron en 2006.
Todavía va diariamente a su oficina en el magnífico Centro para las Ciencias Matemáticas de Cambridge, donde con frecuencia lo visitan personajes famosos, como actores o astronautas. "La gente lo considera un héroe", dice Judith Croasdell, su asistente personal. Lejos de la autocondescendencia, tanto el libro como la película son un conmovedor testamento de valentía, curiosidad y alegría de vivir. "Después de más de 71 años en este maravilloso planeta, creo que mi mayor logro es haber inspirado a la gente a pensar acerca del cosmos y de nuestro lugar en él -dice hacia el final del film-. Dado que no creo en una vida en el más allá, me parece que es importante darse cuenta de que sólo disponemos de un pequeño lapso y deberíamos lograr lo mejor con lo que tenemos. [?] No tengo miedo de morir, pero no estoy apurado por hacerlo. Así que por ahora, hasta luego, y gracias por venir a este viaje a través de mi mundo."
También el libro concluye con una celebración: "Ha sido un tiempo glorioso para estar vivo e investigando en física teórica. Me siento feliz de haber sumado algo a nuestra comprensión del universo"..

miércoles, 18 de diciembre de 2013

OSCAR VARSAVSKY: el científico rebelde


Por Rodolfo Petriz
“Darcy decía que las dos personas más inteligentes que conoció eran Oscar y él mismo. Oscar era una máquina de pensar, lamentablemente murió muy joven, a los 56 años. La muerte lo sorprendió en fase de supernova: en plena explosión de su poder creativo”, rememora el brasileño Carlos Senna Figueiredo, antiguo colaborador de ambos intelectuales.
Darcy era Darcy Ribeiro, antropólogo brasileño fallecido en 1997 y uno de los intelectuales latinoamericanistas más relevantes del continente; Oscar era el argentino Oscar Varsavsky, licenciado en química, especialista en física cuántica y uno de los matemáticos más brillantes de su generación.
Pero Varsavsky fue mucho más que estos fríos datos que aparecen en cualquier reseña biográfica. Este profesor universitario fue un rara avis dentro de las llamadas ciencias duras, ya que en su persona se combinaban una infinita capacidad para el trabajo científico con una visión radicalmente crítica acerca de los objetivos y los métodos que adoptaba la investigación científica en los países subdesarrollados como el nuestro.
Esta actitud le valió entre sus colegas tanto apoyos incondicionales como rechazos enconados. “En su momento no hubo laboratorio de la Argentina que no discutiera sus ideas”, señaló Marcelino Cereijido en La nuca de Houssay.
¿Cómo era Oscar Varsavsky? ¿Por qué sus ideas fueron tan polémicas en su tiempo?

CIENCIA POLITIZADA

Durante los años que transcurrieron entre el primer gobierno de Perón y el golpe de estado cívico-militar del año 1976, en nuestro país cobró importancia una generación de brillantes intelectuales que se propuso reflexionar sobre las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad.
El objetivo de estos investigadores era ofrecer respuestas a algunos interrogantes esenciales: ¿cómo poner la ciencia y la tecnología al servicio del desarrollo social de un país periférico como el nuestro? ¿Qué lugar debe ocupar la universidad en ese proceso? ¿Cómo se relacionan la ciencia y la ideología política?
A este grupo de científicos, entre los que se contaban Jorge Sabato, Amílcar Herrera, Rolando García y Manuel Sadosky, perteneció Oscar Varsavsky.
Desde muy joven Varsavsky defendió ideas socialistas dentro de la Universidad de Buenos Aires. A principios de los años ’40 formó parte del grupo de Aráoz, una experiencia de vida comunitaria que tuvo su centro en una casa de la calle Aráoz, en Capital Federal. Allí se juntaban para estudiar y debatir sobre el futuro del país jóvenes artistas e intelectuales de izquierda que vislumbraban una sociedad más solidaria y con menos desigualdades.
Si bien Varsavsky siempre fue muy crítico con los modernos sistemas de producción y consumo –“La sociedad actual es demente, inmoral y suicida”, escribió en Estilos tecnológicos, uno de sus libros más famosos–, su pensamiento pasó por diferentes etapas a la hora de apreciar la relación de los científicos argentinos con los problemas nacionales.
En 1958, Varsavsky se reintegró a la Universidad de Buenos Aires (UBA) –en la que había trabajado hasta 1954– como profesor del Departamento de Matemática de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y miembro del Consejo Directivo durante varios años.
Durante esa etapa, se instaló en la UBA el debate sobre cuál debía ser la misión de la ciencia en la sociedad. Un sector de los estudiantes criticaba una actitud docente, a la que llamaron cientificismo, que según ellos promovía el elitismo científico, la realización de investigaciones inútiles para el medio local y la búsqueda de financiamiento en el exterior.
Varsavsky fue un feroz adversario de la postura cientificista ya que, según sus propias palabras, “cientificista es el investigador que se ha adaptado a este mercado científico, que renuncia a preocuparse por el significado social de su actividad, desvinculándola de los problemas políticos”. Esta postura lo llevó a continuas polémicas con gran parte de sus colegas universitarios.
“A mediados de la década del ‘60, Oscar comenzó a ponerse muy radical. Vislumbraba los grandes problemas de la ciencia pero su posición fue aislada. No hubo profesores que lo secundaran. El veía más allá, representaba el compromiso a largo plazo”, revela Sara Rietti, doctora en química nuclear y discípula de Varsavsky.
Esta radicalización en su pensamiento coincidió con la profundización de las luchas populares que tuvieron lugar tanto en la Argentina como en otras regiones de Latinoamérica y el mundo. En este contexto, Varsavsky realizó una defensa encendida de la figura del científico rebelde o revolucionario, aquel que produce ciencia en beneficio de la liberación del pueblo y con un profundo sentimiento antiimperialista. “La misión del científico rebelde es estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia los problemas del cambio social, en todas sus etapas y en todos los aspectos teóricos y prácticos. Esto es hacer ciencia politizada”, escribió en aquellos años.
Así, Varsavsky fue un referente intelectual para toda una generación de investigadores, tanto de las ciencias naturales como de las sociales, que encontraban en sus ideas las bases sobre las cuales edificar una ciencia al servicio de las necesidades del pueblo, una ciencia al servicio de una revolución social.

RADICALIDAD, IMPACIENCIA Y GENEROSIDAD

“La primera imagen que me viene de Oscar me devuelve aquel hombre grande y feo, con toda la figura de un gringo bruto. Imagen que se deshacía cuando empezaba a platicar. Tuve pocos amigos o colegas con quienes pudiera pensar al mismo ritmo e igual compás como me ocurrió con Oscar, quizás ninguno. Había en aquel matemático y químico que se construyó como humanista algunas cualidades raras de las que me acordé siempre. Su radicalidad y autonomía de pensamiento que iba al fondo de las cuestiones con el coraje de repensarlo todo. Su impaciencia con los idiotas, los perezosos, los charlatanes y los dogmáticos, que le hacían sudar de disgusto. Su postura solidaria de identificación total con el gran pueblo humilde, mudo y sufrido de América latina. Esta combinación de radicalidad, impaciencia y generosidad se cimentaba con la fe más inocente en que este mundo es arreglable”, escribió poco tiempo después de su muerte Darcy Ribeiro, con quien Varsavsky trabajó a principios de los años ’70 en el Centro de Estudios de Participación Popular, en Perú.
Varsavsky fue el introductor en la Argentina y Latinoamérica de la aplicación de modelos matemáticos al análisis de la realidad social. A principios de la década del ’60 hizo el primer modelo económico global de Argentina, el Meic (Modelo Económico Instituto de Cálculo). Algunos años más tarde, entre 1967 y 1968, elaboró otros modelos matemáticos para ver la viabilidad de ciertos tipos de sociedades cercanas a propuestas utópicas. Su objetivo era analizar científicamente la posibilidad de encarar formas de desarrollo social alternativas a las vigentes en ese momento.
“Oscar era muy crítico, y los otros intelectuales lo conocían y lo respetaban a pesar de eso. También era muy rígido desde el punto de vista de los principios”, destaca Rietti. “Me acuerdo de que tras el golpe de Onganía, cuando estábamos en el Centro de Estudio en Ciencias –un grupo de discusión y trabajo sobre temáticas sociales y políticas referidas a ciencia y tecnología–, entró un grupo del peronismo. Oscar cuestionó eso y yo le dije ‘nos peleamos con los peronistas, nos peleamos con los comunistas, ¿quién puede ser un lugar de apoyo?’. Eso no le importaba, en cambio yo tenía una mirada más política.”
Alfredo Eric Calcagno fue un buen amigo de Varsavsky. “Era una persona excepcional, un tipo que vivía de acuerdo con lo que pensaba. Cuando yo estaba a cargo de la Cepal de Buenos Aires lo contraté antes del golpe del ’76 para que hiciera un modelo de experimentación numérica sobre la economía argentina. El cobraba su sueldo pero yo conseguí más plata de la ONU para asignar a ese trabajo y le dije ‘mirá, Oscar, te subo el sueldo’; ‘no quiero que me subas el sueldo’, me contestó, ‘va a ser muy alto y puede ser un problema si en algún momento tengo que mandarlos a la mierda porque hay algo que no me gusta en lo que están haciendo’”, cuenta Calcagno.

ESTILOS TECNOLOGICOS

La propuesta de desarrollo social de Varsavsky se estructura sobre dos ejes bien definidos: la postulación de un modelo de organización económico-socialista y la defensa de un proyecto claramente nacionalista.
En Estilos tecnológicos, Varsavsky afirma que los proyectos de desarrollo nacional se pueden dividir en dos categorías: los empresocéntricos –cuyo lema sería “vendo y luego existo”– y los pueblocéntricos. Esta clasificación se vincula con sus objetivos finales, es decir, si la producción estará dirigida hacia las necesidades de la empresa y de quienes las controlan, o hacia la población.
Durante las décadas del ’60 y del ’70, la corriente económica conocida como desarrollismo tuvo una gran influencia en América latina. Para Varsavsky, el desarrollismo se encontraba dentro de los modelos empresocéntricos capitalistas, y por ello fue blanco de sus críticas.
Como alternativa a estos modelos definió un estilo de desarrollo al que denominó socialismo nacional creativo, y que presentó como una opción para la transformación social. Allí destacaba la importancia de la participación popular permanente en todos los marcos de decisión, para lo cual debía asegurarse un nivel homogéneo de consumo material y cultural. El Estado jugaría un rol preponderante en ese cometido, asegurando la cobertura de un umbral mínimo de necesidades. También se aprovecharía el “potencial docente” de todos los hombres como manifestación de solidaridad.
Varsavsky sostenía que el socialismo nacional creativo sólo podía llevarse adelante en un contexto de autonomía de pensamiento y cultura, para lo cual era fundamental la máxima independencia política, económica y tecno-científica posible. Y para ello era necesario romper con la dependencia tecnológica y librarse del mito de que la tecnología y la ciencia son todopoderosas, infalibles y neutras.
El problema de la neutralidad en la investigación científica llevó a Varsavsky a publicar en 1969 su escrito más polémico: Ciencia, política y cientificismo. Una de las tesis más importantes de este libro, que grosso modo afirma que todas las instancias de la investigación científica –descubrimiento, justificación y aplicación– se encuentran afectadas por la postura ideológica de quien la lleva a cabo, dio lugar a una de las más importantes discusiones epistemológicas que conoció nuestro país.
A principios de la década del ’70, a través de las páginas de la revista Ciencia Nueva, Varsavsky polemizó con Gregorio Klimovsky, Jorge Schvarzer, Manuel Sadosky, Thomas Moro Simpson, Rolando García y Conrado Eggers Lan sobre las relaciones entre ciencia e ideología política.
Algunos de estos artículos fueron recopilados en el libro Ciencia e ideología. Aportes polémicos, publicado en 1975. Allí, la posición de Varsavsky fue fuertemente criticada por Klimovsky y Moro Simpson, para quienes dentro del “contexto de justificación” la objetividad de la ciencia queda resguardada de las posibles influencias ideológicas de los investigadores.

EL PRESENTE DE VARSAVSKY

La muerte de Varsavsky coincidió con el advenimiento de la barbarie. Entre 1976 y 1983, la dictadura cívico-militar no sólo asesinó e hizo desaparecer miles de personas, sino que también provocó una catástrofe cultural sin precedentes. Tanto el pensamiento de Varsavsky como el de otros relevantes intelectuales nacionales fue sepultado en medio de la represión generalizada.
Recién a mediados de la década del ’90 comenzó a recobrarse en los ámbitos académicos la obra varsavskiana. Sara Rietti fue la gran promotora de esta recuperación, que dio sus primeros pasos de la mano de la Maestría de Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología de la UBA, en donde en 1996, en coincidencia con el vigésimo aniversario de su muerte, se dictó un seminario sobre su obra.
En los últimos años volvieron a publicarse algunos de sus libros. En el año 2012, la Universidad de Lanús reeditó Obras escogidas y este año, en el marco del Placted (Programa de Estudios sobre el Pensamiento latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo) que desarrolla el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, la Biblioteca Nacional reeditó Estilos tecnológicos. Propuestas para la selección de tecnologías bajo racionalidad socialista.
El pensamiento de Varsavsky transcendió las fronteras de la Argentina y tuvo gran influencia en aquellos sectores de la intelectualidad latinoamericana preocupados por romper los esquemas de dependencia centro-periferia. En este sentido, uno de los países en donde dejó una impronta muy importante fue en Venezuela, en donde estuvo radicado durante varias etapas de su vida. “Oscar fue muy apreciado por la gente del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la Universidad Central de Caracas”, expone Calcagno, “Hugo Chávez hablaba mucho de él, lo citaba y lo consideraba su maestro”. En noviembre de 2007, el Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y Tecnología de Venezuela organizó un gran debate abierto en su homenaje.
A treinta y siete años de la muerte de este matemático radical, impaciente y generoso, el mejor cierre para esta nota son sus propias palabras: “El que aspire a una sociedad diferente no tendrá inconvenientes en imaginar una manera de hacer ciencia muy distinta de la actual. Más aún, no tendrá más remedio que desarrollar una ciencia diferente. En efecto, la que hay no le alcanza como instrumento para el cambio y la construcción del nuevo sistema”.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Entrevista a Kita Sallabanda

"El cáncer puede dejar de ser terminal y convertirse en enfermedad crónica"

De visita en Buenos Aires, el especialista del Instituto Madrileño de Oncología dialogó con Tiempo Argentino sobre dos técnicas innovadoras que mejoran la calidad de vida y la supervivencia de los pacientes con esta patología.



 Llegó al país para participar del Congreso de Neurocirugía que se llevó a cabo entre los días 9 y 13 en el Hotel Hilton, pero también merced a la invitación de una empresa argentina que dota a los centros de salud nacionales y latinoamericanos de tecnología de punta. El español Kita Sallabanda, neurocirujano del Instituto Madrileño de Oncología, es especialista en tratamiento contra el cáncer y viajó hasta Buenos Aires para volcar sus impresiones acerca del trabajo que él mismo desarrolla en España a partir de dos técnicas revolucionarias que mejoran la calidad de vida de los pacientes, y que hace que se deje de considerar al cáncer como enfermedad terminal para pasar a ser crónica. Esas dos técnicas se denominan tomoterapia y radiocirugía robotizada, y se realizan con un sistema denominado CyberKnife, que es un aparato único en el mundo, y que en dos años llegará a nuestro país. Con este aparato, y con la difusión de las técnicas que él mismo viene desarrollando, "se abre un nuevo paradigma: hace diez años una persona con metástasis cerebral estaba condenada a muerte. Tenía una esperanza de vida de no más de tres meses. Hoy es posible que viva dos años y en breve serán muchos más. El cáncer puede dejar de ser una enfermedad terminal y convertirse en una crónica. Además, la radiocirugía es una alternativa eficaz para el tratamiento de metástasis que afectan al cerebro, y que permite evitar la cirugía y los riesgos que implica eso", dice Sallabanda con acento españolísimo de Madrid. Aceptó dialogar con un puñado de periodistas en la consultora que lo trajo, DeLeC: Científica Argentina, sobre la calle Aráoz.
–¿Ve posible que se apliquen estas técnicas que usted realiza en España al contexto argentino? 
–Como se trata de una técnica que ha cambiado el concepto de tratamiento de los pacientes con metástasis cerebrales y del sistema nervioso central, resulta un 30 y aun un 40% más económica que la cirugía. Por eso Argentina debe formar parte de este cambio de paradigma. En España existen instituciones sanitarias que disponen de los últimos avances disponibles para optar por la radiocirugía. De modo que en lugar de recibir veintiocho sesiones de radioterapia convencional, deben tratarse con una única dosis mediante alta tecnología, lo que hace que la cosa sea menos fatigosa, y que el paciente pueda volver en el día a su casa, y retornar a la sesión siguiente. 
–¿Por qué se habla de "cambio de paradigma" en relación con estas técnicas?
–En principio, existe una necesidad: la de avanzar en el concepto de control local de la enfermedad en el caso de las metástasis cerebrales. Gracias a las modernas y actuales técnicas de radiodiagnóstico, podemos descubrir lo que llamamos micrometástasis a las que podemos tratar localmente y con gran eficacia mediante técnicas de tratamiento como la radiocirugía antes de administrar tratamientos sistémicos como la quimioterapia, que son más costosos. Por otra parte, gracias a la radiocirugía logramos el control local de las metástasis cerebrales en más del 90% de los pacientes que sufren este tipo de lesiones. Esta técnica se ha beneficiado en los últimos años gracias al avance tecnológico, con el sistema CyberKnife. Este espectacular desarrollo tecnológico nos ha permitido dar un paso de gigante, porque conseguimos mayor precisión, mayor eficacia terapéutica, incluso para aquellos casos clínicos de más de dos y tres lesiones cerebrales, una mejor relación de coste/beneficio para los pacientes y el sistema sanitario, a la vez que minimizamos o eliminamos los posibles efectos secundarios con lo que logramos que los enfermos se puedan reincorporar a sus actividades normales, incluso laborales, casi de forma inmediata.
–¿Existen estadísticas sobre estos progresos?
–Según estudios realizados en diferentes países, más del 85% de los pacientes operados con cirugía abierta vuelven a sufrir una recidiva local o a distancia. Con la radiación holocraneal la cifra de recidivas supera el 50% de los casos tratados y con ambas técnicas la morbilidad y los efectos secundarios adversos son mayores. Pero en cualquier caso, los médicos tenemos que trabajar de manera multidisciplinar y de forma personalizada, de tal manera que se debe indicar en cada caso las técnicas más adecuadas. En radiocirugía es fundamental el trabajo en equipo entre neurocirujanos, oncólogos, radioterapeutas, radiofísicos, técnicos especializados y los profesionales de enfermería. Este abordaje, por ejemplo, nos permite lograr además de controlar el tumor a nivel metastásico, una mayor supervivencia de estos pacientes si se consigue el control del tumor primario. Los avances tecnológicos nos han permitido dar un paso gigante para casos clínicos muy complejos con más de dos o tres tumores en distintas partes del cuerpo, porque minimizamos o eliminamos los posibles efectos secundarios, con lo que logramos que los enfermos se puedan reincorporar a sus actividades normales, incluso laborales, casi de forma inmediata. 
–¿Cuándo nació la técnica?
–En la década de 1950, con las investigaciones del sueco Lars Leksell. Lo curioso es que Leksell llegó a la Argentina a practicarlas aquí antes que, por ejemplo, Estados Unidos o Europa. Por eso aquí, en Argentina, existe una base muy sólida, con muy buenos profesionales. Sólo que luego de la masificación de esta terapia, durante los '70 y '80, la Argentina no continuó ese camino y hoy lo que falta es el instrumental, la tecnología de punta para retomar el camino, por el bien de los pacientes.  «
¿Qué es la radiocirugía?
Es un tratamiento que ayuda a destruir diferentes tipos de tumores cerebrales, sin abrir ninguna estructura, con dosis altas de radiación no tóxica para el organismo y dirigida con gran precisión. Por decirlo de otra manera, es hacer cirugía sin bisturí. Los pacientes sólo están de 12 a 24 horas en un centro hospitalario. Son miles los casos tratados en el mundo, y se aplica para tumores benignos del sistema nervioso central (neurinomas, meningiomas) y también para lesiones malignas (gliomas, meduloblastomas, metástasis cerebrales). Precisamente, su aplicación en los casos de metástasis cerebrales ha cambiado el pronóstico de estos tumores, ya que se logra un control de la metástasis entre el 80 y el 90 por ciento. Se aplica con anestesia local para colocar una guía estereotáctica y se localiza la posición exacta del tumor. Luego, y aún con esta guía estereotáxica colocada en la cabeza del paciente, se lleva a cabo la irradiación mediante un acelerador lineal. Los equipos han evolucionado notablemente. El equipo de radiocirugía robotizada (cyberknife, en inglés), incorpora un acelerador lineal en un brazo robótico, lo que permite dirigir la radiación desde miles de puertas de entrada. De esta manera, se evita irradiar zonas críticas con un control de posición del cráneo. Esta tecnología avanzada corrige automáticamente la dirección del haz de radiación, obteniendo una precisión submilimétrica durante todo el tratamiento, sin necesidad de utilizar una guía estereotáxica y minimizando efectos secundarios.
 

martes, 5 de noviembre de 2013

OLIVER SACKS



En la frontera entre literatura y medicina, el célebre neurólogo inglés construyó una obra en que los casos clínicos reales resultan tan apasionantes como una novela; su nuevo libro, Alucinaciones, que publicará Anagrama en estos días, se centra en las visiones derivadas de un raro síndrome; un fragmento de anticipo y un análisis de su figura

Un día de finales de noviembre de 2006, recibí una llamada de emergencia de una residencia de ancianos en la que trabajo. Uno de los residentes, Rosalie, una mujer de más de noventa años, de repente había empezado a ver cosas, a tener extrañas alucinaciones que parecían extraordinariamente reales. Las enfermeras habían llamado al psiquiatra para que la visitara, pero también se preguntaban si el problema no podría ser de origen neurológico: Alzheimer, quizá, o una apoplejía.
Cuando llegué y la saludé, me sorprendió comprobar que Rosalie estaba totalmente ciega, algo que las enfermeras no me habían mencionado. Aunque llevaba años sin ver nada, ahora "veía" cosas justo delante de ella.
"¿Qué tipo de cosas?", pregunté.
"¡Gente que lleva vestidos orientales!", exclamó ella. "Con telas drapeadas; suben y bajan escaleras..., un hombre que se vuelve hacia mí y sonríe, pero en un lado de la boca tiene los dientes enormes. También veo animales. Veo una escena con un edificio blanco, y está nevando: una nieve blanca, que se arremolina. Veo un caballo (no es un caballo bonito, es un caballo de labor) con un arnés, quitando la nieve..., pero cambia sin cesar... Ahora veo muchos niños; suben y bajan las escaleras. Llevan colores vivos: rosa, azul..., como un vestido oriental."
Llevaba varios días viendo estas escenas.
En el caso de Rosalie, observé que (al igual que ocurre con muchos otros pacientes) mientras alucinaba tenía los ojos abiertos, y aunque no podía ver nada, sus ojos se movían de aquí para allá, como si de hecho estuviera mirando algo. Fue lo primero que llamó la atención de las enfermeras. Ese gesto de mirar o escudriñar no ocurre con las escenas imaginadas; casi todo el mundo, cuando visualiza o se concentra en sus imágenes internas, tiende a cerrar los ojos o a poner una mirada abstraída, como si no observara nada en particular. Como pone de manifiesto Colin McGinn en su libro Mindsight, nadie espera descubrir nada sorprendente o novedoso en sus propias imágenes, mientras que las alucinaciones pueden estar llenas de sorpresas. A menudo son mucho más detalladas que las imágenes, y reclaman que se las inspeccione y estudie.
Rosalie dijo que sus alucinaciones se parecían más "a una película" que a un sueño; y al igual que una película, a veces le fascinaban y otras le aburrían ("todo ese subir y bajar, tanta vestimenta oriental"). Iban y venían, y parecían no tener nada que ver con ella. Eran imágenes mudas, y la gente no parecía fijarse en ella. Aparte de ese misterioso silencio, las figuras parecían bastante sólidas y reales, aunque a veces tenían sólo dos dimensiones. Pero ella nunca había experimentado nada parecido, así que no podía dejar de preguntarse si se estaba volviendo loca.
Interrogué concienzudamente a Rosalie, pero no descubrí nada que sugiriera confusión o delusión. Al examinar sus ojos con un oftalmoscopio, pude ver el desastroso estado de sus retinas, pero ninguna otra dolencia. Desde el punto de vista neurológico, su estado era completamente normal: se trataba de una anciana de carácter decidido y muy vigorosa para sus años. La tranquilicé acerca del estado de su cerebro y su mente; la verdad es que parecía bastante cuerda. Le expliqué que sus alucinaciones, aunque parezca mentira, no son infrecuentes en personas ciegas o con la vista dañada, y que no se trata de visiones "psiquiátricas", sino de una reacción del cerebro a la pérdida de la visión. Padecía algo que se conoce como el síndrome de Charles Bonnet.
Rosalie asimiló la información y dijo que no comprendía por qué había comenzado a tener alucinaciones ahora, después de varios años de ceguera. Pero quedó muy contenta y tranquila después de que le dijera que sus alucinaciones representaban una enfermedad identificada que incluso tenía nombre. Se incorporó y dijo: "Dígaselo a las enfermeras..., que padezco el síndrome de Charles Bonnet". A continuación me preguntó: "Por cierto, ¿quién era ese tal Charles Bonnet?"
Charles Bonnet fue un naturalista suizo del siglo XVIII cuyas investigaciones cubrieron campos muy variados, desde la entomología hasta la reproducción y regeneración de los pólipos y otros animálculos. Cuando de resultas de una enfermedad ocular ya no pudo seguir utilizando su amado microscopio, se pasó a la botánica -llevó a cabo experimentos pioneros de fotosíntesis-, luego a la psicología, y finalmente a la filosofía. Cuando se enteró de que su abuelo Charles Lullin había comenzado a tener "visiones" a medida que le fallaba la vista, Bonnet le pidió que le dictara lo que veía con todo detalle.
En su libro de 1690 Ensayo sobre el entendimiento humano, John Locke expuso la idea de que la mente es una tabla rasa hasta que recibe información de los sentidos. Este "sensacionalismo", como lo llamó, se hizo muy popular entre los filósofos y racionalistas del siglo XVIII, Bonnet entre ellos. Bonnet también concebía el cerebro como "un órgano de composición intrincada, o más bien, un conjunto de diferentes órganos". Todos estos diferentes "órganos" poseían su función diferenciada. (Esta concepción modular del cerebro resultó radical en la época, pues el cerebro sigue siendo ampliamente considerado como indiferenciado y uniforme en su estructura y función.) Así fue como Bonnet atribuyó las alucinaciones de su abuelo a una continuada actividad en lo que, postuló, eran partes visuales del cerebro: una actividad que ahora se basaba en la memoria, ya que no podía basarse en la sensación.
Bonnet -que posteriormente experimentó alucinaciones semejantes cuando su vista decayó- publicó un breve relato de las experiencias de Lullin en su libro de 1760 Essai analytique sur les facultés de l'âme, dedicado a considerar la base fisiológica de diversos sentidos y estados mentales, pero el relato original de Lullin, que ocupaba dieciocho páginas de un cuaderno, estuvo perdido durante casi ciento cincuenta años, y sólo salió a la luz a principios del siglo XX. Douwe Draaisma ha traducido recientemente el relato de Lullin, incluyéndolo en una detallada historia del síndrome de Charles Bonnet en su libro Dr. Alzheimer, supongo.
Contrariamente a Rosalie, Lullin no había perdido la vista del todo, y sus alucinaciones se superponían a lo que veía en el mundo real. Draaisma resumió el relato de Lullin:
A partir de febrero de 1758, empezó a ver objetos extraños que flotaban en su campo visual. Todo comenzó con algo que asemejaba un pañuelo azul, con un circulito amarillo en cada esquina. [...] El pañuelo seguía los movimientos de su mirada: allí donde mirara, ya fuera una pared, su cama o un tapiz, el pañuelo se colocaba delante y tapaba los objetos corrientes de la habitación. Lullin estaba perfectamente lúcido y en ningún momento pensó que de verdad hubiera un pañuelo azul. [...] Un buen día de agosto, Lullin recibió la visita de dos de sus nietas. Sentado en su sillón frente a la chimenea, ellas tomaron asiento a su lado derecho. Del lado izquierdo llegaron caminando dos hombres jóvenes; ambos lucían unos preciosos abrigos en rojo y gris, sus sombreros ribeteados con galón de plata. "¡Qué caballeros tan apuestos os acompañan!", les dijo a sus nietas, "¿por qué no me avisasteis de que vendrían?" Ellas le juraron que no veían nada. Al igual que el pañuelo, poco después los dos hombres se desvanecieron sin dejar rastro. En las semanas siguientes muchas personas imaginarias vinieron a visitarle, todas ellas damas con peinados muy elegantes, algunas incluso traían una cajita en la cabeza. [...]
Poco tiempo después, Lullin, de pie frente a la ventana, vio llegar un carruaje que se detuvo frente a la casa de los vecinos. Para su sorpresa, vio cómo el carruaje crecía hasta alcanzar el canalón del tejado, a nueve metros de altura, todo en su debida proporción. [...]
La variedad de las imágenes sorprendía a Lullin: a veces veía una nube de puntitos que de repente se transformaba en una bandada de palomas o en un grupo de mariposas revoloteantes. O veía flotar en el aire una rueda giratoria, de las que se usaban en las grúas. En otra ocasión, mientras paseaba por la ciudad se había asombrado al ver unos andamios gigantescos; al llegar a casa vio los mismos andamios montados en su habitación, pero en miniatura, a lo sumo de un metro de altura.
Tal como descubrió Lullin, las alucinaciones del síndrome de Charles Bonnet iban y venían; las suyas duraron unos meses y después desaparecieron para siempre.
En el caso de Rosalie, sus alucinaciones remitieron a los pocos días, tan misteriosamente como habían aparecido. Casi un año después, sin embargo, recibí otra llamada telefónica de las enfermeras diciéndome que Rosalie se encontraba "en un estado terrible". Las primeras palabras que pronunció Rosalie al verme fueron: "De manera repentina, surgiendo de un cielo azul y despejado, el Charles Bonnet ha regresado con una fuerza insólita". Me relato cómo unos días antes "unas figuras habían comenzado a caminar a su alrededor; la habitación parecía abarrotada. Las paredes se convirtieron en enormes puertas; cientos de personas comenzaron a entrar. Las mujeres iban muy bien emperifolladas, con hermosos sombreros verdes y pieles adornadas con oro; pero los hombres eran aterradores: grandes, amenazantes, con aspecto poco respetable, desaliñados, y movían los labios como si hablaran".
En aquel momento, a Rosalie las visiones le parecieron totalmente reales. Casi había olvidado haber padecido el síndrome de Charles Bonnet. Me dijo: "Estaba tan asustada que chillaba y chillaba: '¡Sacadlos de mi habitación, abrid las puertas! ¡Sacadlos y luego cerrad las puertas!'" Oyó que una enfermera decía de ella: "No está en su sano juicio".
Tres días más tarde, Rosalie me dijo: "Creo que sé qué ha vuelto a provocarlas". Añadió que los primeros días de aquella semana habían sido muy tensos y agotadores. Había llevado a cabo un largo y caluroso trayecto hasta Long Island para ver a un especialista gastrointestinal, y por el camino había sufrido una fea caída hacia atrás. Había llegado con muchas horas de retraso, conmocionada, deshidratada y casi al borde del colapso. La habían acostado y se había sumido en un sueño profundo. A la mañana siguiente, nada más despertar experimentó aterradoras visiones de gente irrumpiendo en su habitación a través de las paredes que duraron treinta y seis horas. A continuación se sintió un poco mejor y comprendió qué le estaba ocurriendo. En aquel momento le ordenó a un joven voluntario que buscara información del síndrome de Charles Bonnet en internet y entregara copias a las enfermeras, para que éstas supieran qué le ocurría.
Durante los días siguientes, sus visiones eran mucho más débiles y cesaban del todo mientras hablaba con alguien o escuchaba música. Sus alucinaciones se habían vuelto "más tímidas", dijo, y ahora sólo tenían lugar por la noche, si se sentaba en silencio. Me acordé del pasaje de En busca del tiempo perdido en el que Proust menciona las campanas de la iglesia de Combray, cuyo sonido parecía apagado durante el día, y que sólo se oían cuando el alboroto y el estruendo del día se apagaban.
Traducción Damián Alcu.

lunes, 7 de octubre de 2013

Nobel de medicina 2013

Nobel de Medicina para los descubridores del tráfico celular

James E.Rothman, Randy W.Schekman y Thomas C.Südhof desvelaron la maquinaria molecular del sistema de transporte de señales. El fallo de esta precisa organización celular provoca enfermedades neurológicas e inmunológicas.


Tres Investigadores que trabajan en Estados Unidos reciben este año el Premio Nobel de Fisiología o Medicina “por sus descubrimientos de la maquinaria molecular que regula el tráfico vesicular, un sistema de transporte fundamental en nuestras células”, según ha anunciado el Instituto Karolinska de Estocolmo, que otorga cada año los galardones. Los premiados son James E.Rothman, Randy W.Schekman y Thomas C.Südhof; los dos primeros nacieron en EE UU, en 1959 y 1948 respectivamente, y el tercero en Alemania en 1955.
Südhof ha recibido la noticia del Nobel en España, en concreto en Baeza, donde imparte hoy una conferencia en el simposio El tráfico de membranas en la sinapsis. La biología celular de la plasticidad sináptica,organizado por José A.Esteban, Juan Lerma y Thomas L. Schwarz en la Universidad Internacional de Andalucía.
“El Nobel 2013 honra a cuatro científicos que solucionaron el misterio de cómo organiza la célula su sistema de transporte”, explica el Karolinska. “Cada célula es una fábrica que produce y exporta moléculas. Por ejemplo, la insulina se fabrica y emite en la sangre y las señales químicas denominadas neurotransmisores se envían de una célula nerviosa a otra. Estas moléculas se transportan por la célula en pequeños paquetes denominados vesículas y los tres laureados con el Nobel han descubierto los principios moleculares que gobiernan el sistema por el que esta carga es entregada en el lugar correcto en el momento correcto en la célula”. Si no funciona el sistema de transporte vesicular esencial para su funcionamiento y supervivencia, la célula deja de ser una compleja y precisa máquina biológica y colapsa en un caos.
Schekman (Universidad de California en Berkeley) descubrió un conjunto de genes necesarios para el tráfico vesicular; Rothman (Universidad de Yale) desveló la maquinaria de proteínas que permite que las vesículas se unan a sus dianas para permitir la transferencia de esa carga y Südhof (Universidad de Stanford) descubrió cómo las señales ordenan a las vesículas emitir su carga con precisión. Cuando este sistema funciona mal en el organismo, pueden surgir enfermedades neurológicas e inmunológicas, así como diabetes. Los tres investigadores se reparten este año los ocho millones de coronas suecas (915.000 euros) del galardón nobel.
La célula produce multitud de moléculas con diferentes funciones, desde hormonas hasta neurotransmisores y encimas que deben ser desplazadas dentro de la misma célula o fuera de ella con precisión. Por tanto, la organización del tráfico celular es fundamental y las vesículas (“burbujas en miniatura rodeadas de membranas”, explican los científicos de la Fundación Nobel) hacen ese servicio de transporte entre los orgánulos de la célula. También se unen a la membrana celular para emitir hacia fuera su carga. Así se activan neuronas vía los neurotransmisores, o se controla el metabolismo en el caso de las hormonas. Los galardonados con el Nobel de Medicina este año, con sus diferentes aportaciones, desentrañaron este mecanismo de transporte fundamental.
Schekman , que empezó a trabajar en los años setenta en el la organización del transporte celular, estudió levaduras que tenían este sistema defectuoso y descubrió tres tipos de genes (23 genes en total) que controlan diversos aspectos del transporte de estas vesículas. Después, Rothman investigó el asunto, en mamíferos, y descubrió cómo las vesículas se anclan en las membranas diana (como las dos partes de una cremallera, dicen la Fundación Nobel) garantizando así el anclaje perfecto en el lugar debido.
“Resultó que algunos de los genes que había descubierto Schekman en las levaduras codificaban para las proteínas correspondientes a las identificadas por Rothman en mamíferos, revelando así un antiguo origen evolutivo del sistema de transporte”, escriben los científicos del Instituto Karolinska. “En conjunto, ellos cartografiaron componentes críticos del mecanismo de transporte celular”.
Y llegó Südhof, interesado en la comunicación entre neuronas en el cerebro. Las moléculas de las señales, neurotransmisores, son emitidas por vesículas que se unen a la membrana exterior de células nerviosas mediante la maquinaria descubierta por Rothman y Schekman. En los años noventa, Südhof descubrió cómo, mediante iones de calcio, las vesículas responsables cumplen con precisión temporal y exactitud su cometido de transporte de señales.

viernes, 16 de agosto de 2013

La ciencia hoy


Así trabaja la ciencia hoy


¿Cuáles son los caminos que deben recorrerse para lograr transformar una realidad dada en otra mejor? Vale para esto cualquier ejemplo, como la sanación de un resfrío, que deje de pasar la humedad dentro de una casa, que dos pueblos separados por un río puedan integrarse a través de un puente, o que pueda generarse una red con todas las computadoras del mundo y eso permita un flujo de información sin precedentes. Sin dudas, la necesidad y el deseo son los principales impulsores para que algo cambie y que ello redunde en una vida mejor de uno y de su entorno. Pero existe una cuestión más compleja y, quizá, más enriquecedora para analizar esa transformación que va del impulso inicial a la solución: el modo para lograrla.
La ciencia constituye una de las principales cualidades que definen al ser humano.
A menudo se la realza por el logro de resultados sorprendentes (nuevos medicamentos, viajes espaciales, computadoras sofisticadas, etc.), pero son sus métodos los que conforman una herramienta verdaderamente distintiva. El método científico es una manera de preguntar y responder a partir de algunos pasos necesarios: formular la cuestión; revisar lo investigado previamente; elaborar una nueva hipótesis; probar la hipótesis por medio de experimentos; analizar los datos y llegar a una conclusión; y, por último, comunicar los resultados.
La ciencia permite que las personas y las sociedades puedan vivir mejor. A veces olvidamos cómo las innovaciones científicas han transformado nuestras vidas. En general, vivimos más que nuestros predecesores, tenemos acceso a una gran variedad de alimentos y otros bienes, podemos viajar con facilidad y rapidez por todo el mundo, disponemos de una gran diversidad de aparatos electrónicos diseñados para el trabajo y el placer. Los seres humanos, a nivel personal, familiar y social, tendemos a crear condiciones para que los vaivenes del contexto no nos sacudan a punto de secarnos en las sequías e inundarnos en las tormentas. Pero modificar de cuajo los fenómenos naturales o sociales globales se vuelve una empresa sumamente dificultosa (por no decir imposible, sólo propagado por consignas voluntaristas, mágicas o de proselitismo cínico). La sabiduría, más bien, está en saber qué se hace con esa realidad: poder cubrirse del temporal, modificar el curso de los ríos, atemperar los malos resultados. Y la clave, en todos los casos, es saber mirar más allá, como el ajedrecista que piensa en la actual jugada pero en función de las futuras. En la neurología, conocemos una patología de pacientes frontales que tienen miopía del futuro: sólo piensan en lo inmediato y se les hace imposible pensar el largo plazo. Estos pacientes optan por beneficios presentes, a pesar de que esto signifique mayores pérdidas en el futuro. No son capaces de resistir la tentación inmediata para beneficiarse en el largo plazo.
Estas acciones, sin dudas, les impiden el desarrollo y por eso desean tratarse. Por el contrario de esta patología, la ciencia sí permite imaginar, proyectar y lograr el desarrollo y, por ende, la integración y la inclusión. El desarrollo sólo se construye sobre cimientos sólidos y sustentables y éstos son esenciales para lograr una sociedad de todos.
Una de las críticas apresuradas que se le hace a la labor científica es su carácter tecnocrático, reduccionista, gélido o deshumanizado. Estos adjetivos le endilgan el desvalor de la propuesta sosa, desapasionada, negadora de la "épica del corazón". Muy opuesto a estas consideraciones, todo desafío científico busca la evidencia cargando con una inmensa impronta de pasión.
No existe una investigación ni un descubrimiento científico que no parta de un portentoso motor alimentado por las ganas, por el amor por lo que se hace y por lo que se intenta lograr, por la fuerza, el entusiasmo y el sacrificio.
Es decir, todas virtudes muy humanas, sumadas al usufructo de la inteligencia que permite entender y poner en marcha aquellos mecanismos necesarios para lograr la transformación.
Asimismo, hoy la ciencia se desenvuelve a partir de trabajos mancomunados e interdisciplinarios. El desarrollo científico es un trabajo de equipo y no de arrebatos personales y personalistas, con colectivos conformados por disímiles ideas y saberes que se confrontan para llegar a una conclusión aceptada y aceptable. Una tradición aclamada en la historia y la sociología de la ciencia pone de relieve el papel del genio individual en los descubrimientos científicos. Esta tradición se centra en guiar a las contribuciones de los autores solitarios, como Newton y Einstein, y puede ser vista en términos generales como una tendencia a equiparar las grandes ideas con nombres particulares, como el principio de incertidumbre de Heisenberg, la geometría euclidiana, el equilibrio de Nash y la ética kantiana. Varios estudios, sin embargo, han explorado un aparente cambio en la ciencia de este modelo de base individual de los avances científicos a un modelo de trabajo en equipo. Un estudio publicado en la prestigiosa revista Science que relevó casi 20 millones de artículos científicos y 2,1 millones de patentes en las últimas cinco décadas demostró que los equipos predominan sobre autores solitarios en la producción de conocimiento con alto impacto. Esto se aplica para las ciencias naturales y la ingeniería, las ciencias sociales, artes y humanidades, lo que sugiere que el proceso de creación de conocimiento ha cambiado. Sorprendentemente, este estudio encontró una tendencia igualmente fuerte hacia el trabajo en equipo en las ciencias sociales, ciencias naturales e ingeniería (de un 17,5% en 1955 a un 51,5% en 2000). Esto significa que se ha producido un cambio sustancial que liga la tarea de investigación a la labor colectiva. Del mismo modo, la extensión de los equipos ha ido creciendo hasta llegar a casi el doble en 45 años (de 1,9 a 3,5 autores por artículo).
Otra de las claves del desarrollo científico es que ningún trabajo se realiza haciendo tábula rasa con las tareas previas; más bien se parte de éstas, potenciando sus aciertos y corrigiendo sus errores, lo que permite arribar a las nuevas conclusiones de forma más satisfactoria. "El conocimiento previo, correcto y verdadero", expresó Bernardo Houssay en 1942, "es la base indispensable de toda acción humana acertada y benéfica. La ignorancia y el error son nuestros peores enemigos, porque nos llevan a la miseria, el sufrimiento y la enfermedad, mientras que los descubrimientos científicos han hecho y harán que la vida sea cada vez más larga, más sana y más agradable, liberando al hombre de la esclavitud y del trabajo pesado, de las epidemias pestilenciales y mejorando enormemente a la salud y el bienestar."
Otro elemento central para el desenvolvimiento de cualquier investigación científica tiene que ver con el valor del mérito (la idoneidad, como lo nombra la Constitución Nacional). El mérito es aquello que determina quiénes llevan adelante cada acción; es decir, aquellos que lo merecen, por talento y por esfuerzo, son los indicados para que el resto de la sociedad coloque en sus manos la tarea. Asimismo, la valoración del mérito genera un contagio, una promoción al mérito de los otros, al estudio, a la capacitación, a la prueba, al reconocimiento. Esto no significa, ni mucho menos, que exista una vara homogénea para medir la capacidad de las personas. Es más, los criterios de inteligencia que se determinan por coeficientes estrictos ya están, por suerte, dejándose de lado. Ser inteligente es tener flexibilidad para mirar un problema y ver ahí una posibilidad nueva, una salida antes no pensada para enfrentarlo. Es importante remarcar que la ciencia no cuenta hoy con herramientas para medir la inteligencia en toda su extensión y complejidad. ¿Cómo asignar un coeficiente al humor, a la ironía y, aún más, a la diversificada y plástica capacidad del ser humano para responder de manera creativa a los desafíos que la sociedad y la naturaleza le plantean? Hoy existe la noción de que la inteligencia incluye habilidades en el campo de lo emocional, de las motivaciones, de la capacidad para relacionarnos con otras personas en situaciones complejas y diversas. El consenso es que estas habilidades, que antes no se consideraban parte de la inteligencia, potenciarían el desarrollo intelectual al cooperar en la tarea diaria de enfrentar situaciones complejas y encontrar soluciones novedosas. Lo central es que cada cual explote sus capacidades, sean las que sean, al máximo. "Lo más triste que hay en la vida es el talento derrochado", repetía como máxima una película de iniciación que dirigió Robert de Niro hace unos años. La chambonada es justamente lo contrario de lo que estamos tratando: el derroche de talentos y el desprecio de las oportunidades.
A la ciencia no le queda bien cualquier puerto, por eso elige atravesar las aguas sabiendo que puede haber turbulencias o vientos calmos, tempestades o jornadas enteras de gracia.
No se recuesta siempre donde va la ola. Si la ciencia hubiese sido para los que sólo navegan adonde lleva la corriente, enarbolando la bandera de lo que prescribe el corto destino de la moda o los laureles de la comodidad, todavía el mundo deambularía sin curar con penicilina, ni recorrer largos caminos con automóviles, ni hacer luz con energía eléctrica.
El pensamiento científico es un rasgo que nos hace más humanos. Y aunque no es el único método, logra servir de modelo para el desenvolvimiento personal y social en campos que están más allá del estrictamente científico. La ciencia puede establecerse así como una extraordinaria y contundente metáfora, capaz de formular las preguntas y elaborar las respuestas sobre grandes desafíos como el bienestar de nuestras pequeñas comunidades o la construcción permanente de una nación integrada, igualitaria y desarrollada.

domingo, 21 de julio de 2013

Un discipulo de CARL SEAGAN

GUILLERMO LEMARCHAND, INVESTIGADOR Y DISCIPULO DE CARL SAGAN

A la caza de señales de inteligencia extraterrestre

 

 Por Pedro Lipcovich

Mientras sigue intentando generar la mayor noticia de la historia –“se confirmó la llegada de la primera señal de inteligencia extraterrestre”–, el proyecto SETI (Search Extraterrestrial Intelligence) ya ha logrado un valioso, inesperado resultado: poner en cuestión los prejuicios de época que, inadvertidos, acompañan y limitan el pensamiento humano, incluido el de los científicos. Así lo muestra el investigador argentino Guillermo Lemarchand, quien, como discípulo de Carl Sagan –el recordado fundador del proyecto–, es uno de los científicos que más se comprometieron en el SETI, y quizás el que más agudamente ha sabido reflexionar sobre él. Hoy, caída la idea de conquistar la galaxia mediante naves espaciales, la perspectiva de comunicarse con otras razas inteligentes sigue tan viva como siempre; la fortalecen el hallazgo de nuevos planetas habitables y los constantes avances en los instrumentos de detección; la debilitan los prejuicios tecnológicos de cada época y –aunque parezca tan demodé– el temor, subsistente en los políticos, a la invasión extraterrestre.
–¿Cómo evalúa el hallazgo de nuevos planetas habitables, anunciado por el European Southern Observatory? (Ver nota aparte.)
–Se anota en uno de los más grandes descubrimientos de la última década: el de que estrellas mucho más frías que el sol, y mucho más abundantes en nuestra galaxia, pueden tener planetas, cosa que se creía imposible: esto ha multiplicado la cantidad de sistemas planetarios en el Universo y últimamente se empezaron a descubrir, alrededor de este tipo de estrellas, planetas habitables. Sin embargo, la probabilidad de que los programas SETI registren alguna señal sigue siendo muy pequeña. Necesitamos radiotelescopios con grandes áreas colectoras. El más sensible que utilizamos es el de Arecibo, en Puerto Rico, con 305 metros de diámetro. Pero ya está en construcción el Square Kilometer Array, en Sudáfrica: un conjunto de varios radiotelescopios con una superficie colectora total de un kilómetro de diámetro. De todos modos no es fácil: el radiotelescopio debe apuntar a determinado punto del espacio justo en el momento en el que una hipotética señal de otra civilización esté pasando por la Tierra –contestó Lemarchand, en diálogo telefónico desde Francia, donde actualmente es consultor de la Unesco.
–¿Qué cambios han tenido los criterios de búsqueda de señales de vida extraterrestre desde que comenzó el SETI?
–A principios de la década de 1960, cuando surgió el proyecto SETI, se suponía que toda civilización tecnológica, tarde o temprano, llegaría a conquistar el espacio. Era la época en que la “carrera espacial” estaba en su apogeo, y esa misma perspectiva podía leerse en los artículos de divulgación y las novelas de ciencia ficción. Por entonces nadie dudaba de que a principios del siglo XXI ya habríamos llegado a Marte. Aquella cosmovisión respondía a una idea de desarrollo en todos los órdenes: se suponía un crecimiento exponencial en la tecnología, en el producto bruto, en la explotación de los recursos naturales; el concepto de sustentabilidad no tenía mucho lugar en la cabeza de los científicos. Bueno, no hemos llegado a Marte. La idea de que toda civilización tecnológica eventualmente conquistará el Universo es una visión restringida a un tramo muy específico de la historia humana.
–Hay datos que contradicen esa idea...
–Hoy sabemos que el costo de un viaje interestelar es elevadísimo. Se han hecho cálculos de cuánto costaría, en términos de la energía requerida, con independencia de la tecnología que se utilice. Una nave espacial que recorra la galaxia al 90 por ciento de la velocidad de la luz, por perfecta que sea, requeriría transformar en energía la masa íntegra de varios miles de estrellas. Al mismo tiempo, la evolución reciente de nuestro instrumental muestra que es posible obtener mucha información acerca de regiones distantes del Universo, sin necesidad de los gastos, los peligros y los posibles fracasos del viaje interestelar.
–¿Cuál es la situación actual de la búsqueda de inteligencia extraterrestre?
–El observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, sigue dedicado activamente a esta búsqueda. Pero también otros radiotelescopios, mientras desarrollan sus propios proyectos, registran señales desde el espacio, hacen un primer análisis y las distribuyen por Internet mediante el proyecto SETI at Home, el primer programa de ciencia ciudadana: cualquier particular puede bajar ese programa a su computadora que, mientras su dueño no la use, procesará la información y la reenviará por Internet. Son millones de computadoras trabajando simultáneamente (setiathome.berkeley.edu). En los últimos 15 años, el área que más avanzó es el conocimiento de los planetas extrasolares y, claro, los desarrollos en informática incrementaron la capacidad de procesar señales extraterrestres en un factor de diez mil o más.
–¿Qué avances de la ciencia podrían potenciar el proyecto SETI?
–La información que tenemos del Universo proviene esencialmente de las ondas electromagnéticas: el espectro visible, las ondas de radio y otras. Pero es posible que en el futuro descubramos otras formas de trasmitir información, tan sutiles que todavía no hemos sido capaces de encontrarla. Por ejemplo, las partículas llamadas neutrinos son mucho más eficaces que las ondas electromagnéticas para la comunicación interestelar, ya que casi no interactúan con nada; pero esto los hace mucho más difíciles de registrar. No disponemos de detectores y emisores con la sensibilidad necesaria para procesar mensajes mediante neutrinos, pero tal vez los tengamos más adelante, y quizás alguno de esos fenómenos nos permita encontrar la primera evidencia de que no estamos solos en el Universo.
–SETI no transmite a su vez hacia el espacio exterior...
–No, porque todavía no se ha agotado una polémica, que a mi entender es ridícula, entre los “paranoicos” y los “pronoicos”: los primeros no quieren emitir señales que puedan revelar nuestra posición en la galaxia, no sea cosa de que vengan los extraterrestres a conquistar el mundo. Nuevamente se trata de una idea antropocéntrica, muy humana, digamos, y fechable históricamente. De hecho, el primer nombre del proyecto había sido CETI, con “c”: Comunicación con Inteligencias Extraterrestres; pero hubo que reemplazar “Communication” por “Search”, “búsqueda”, para tranquilizar a los políticos norteamericanos; ellos estaban muy miedosos con que nos pudieran conquistar. Lo que nadie pudo hacerles entender es que el pecado ya estaba hecho: las señales producidas por los radares militares salen constantemente desde hace más de 50 años, formando una esfera con centro en el sistema solar.