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jueves, 30 de agosto de 2012

OLIVER SACKS

Oliver Sacks, el cronista de la mente

Es el neurólogo más famoso del mundo desde que su libro “Despertares” llegó al cine. En el reciente “Los ojos de la mente”, vuelve a cruzar literatura y medicina para abordar los problemas de la visión y la imaginación visual.

POR Federico Kukso


No hay que esforzarse demasiado para advertirlo. Cada órgano del cuerpo humano tiene su biógrafo, un escritor de su devoción que directa o indirectamente cuenta sus prodigios y tristezas. Al idolatrar al alcohol, Charles Bukowski, Malcolm Lowry y Ernest Hemingway, a su manera, glamourizaron la resistencia de sus respectivos hígados. Chimeneas humanas como Mark Twain, Mijaíl Bajtin y André Gide pusieron a sus pulmones en un altar y les encendieron velas. La epidemia de poliomielitis narrada por Philip Roth en Némesis es una oda encriptada al sistema nervioso. Y no hay cuento en el que los intestinos ocupen un lugar más central que en el escalofriante “Guts” (Tripas) de Chuck Palahniuk, publicado en su novela Fantasmas.
En cuanto al cerebro, no caben dudas. Oliver Sacks, el médico inglés con cara de Papá Pitufo, es su relator más agudo, su rapsoda (si viviéramos en la Antigua Grecia). No lo decimos, pero lo sabemos: en el caso de ser golpeados por una alteración de nuestros sentidos, cualquiera imploraría ser atendido al menos por diez minutos por este hombre de 79 años, el neurólogo más famoso del mundo.
A diferencia de otros grandes artistas del bisturí y el estetoscopio, la medicina en su caso no fue una elección de vida. Fue, digamos, una imposición genética. Siempre estuvo en su ADN. “Crecí en una casa llena de médicos y en la que constantemente se hablaba de medicina –confiesa este profesor de neurología y psiquiatría en la Universidad de Columbia–: mi padre y mis hermanos eran médicos de cabecera, y mi madre cirujana. El tema de conversación a la hora de comer era la medicina”.
Quizá sea su potente empatía, su afán por explorar la conciencia humana y sus descalabros, la compasión con la que trata a aquellas personas cuyas vidas fueron partidas al medio por una enfermedad extravagante y casi siempre sin cura. O su mirada antropológica que lo impulsa en cada uno de sus once libros a pensar cómo un individuo golpeado por la adversidad es capaz de, pese a todo, adaptarse a la discapacidad y reconstruir su mundo, mantener su identidad en los peores momentos. Sea como sea, Sacks siempre fue algo más que un neurólogo.
No importa que así lo defina y catalogue Wikipedia. Todos los que alguna vez descubrimos uno de sus libros sepultado como un tesoro escondido en un rincón inhóspito de una librería –entre títulos estrafalarios como Cirugía de la obesidad y Medicina anti-aging–, sabemos que este hombre alérgico a las computadoras, aficionado a la química, eximio pianista, nadador compulsivo y orgulloso miembro de la Sociedad Americana de los Helechos es lo que en inglés se conoce como un storyteller , una persona capaz de encapsular una vida –con sus contradicciones, sus sufrimientos y esperanzas– en un relato emotivo, cercano. La vida, para Sacks, es una novela. “Las narraciones de enfermedades y supervivencias son una necesidad cultural –asegura este cronista del mal de Parkinson–. Hay que estudiar la enfermedad con la sensibilidad de un novelista”.
Como a Antón Chéjov, Pío Baroja o a Céline, a Sacks no se lo puede reducir a la categoría de médico dedicado a la escritura. Más bien, este narrador que en cada una de sus historias retoma las figuras arquetípicas de la fábula –el héroe, el mártir, la víctima, el guerrero– es un híbrido, miembro de una nueva especie de narradores de estilos contaminados, remixados, sampleados que acercan los no tan separados continentes de la ciencia y el arte.
Por supuesto, no es el único. Aunque sí su canciller, el abanderado de una disciplina exótica –la neuroliteratura– que lo pone al mismo nivel de popularidad y autoridad de otros cracks científico-literarios como los biólogos Richard Dawkins y Jared Diamond, el físico Brian Greene, el psicólogo Steven Pinker y demás discípulos de Carl Sagan que, sin inclinarse del todo por la ficción (como Michel Houellebecq, Ian McEwan o David Lodge), convierten a la neurología, la evolución y la física en epopeyas, historias para escuchar en un fogón.
Sacks nunca ocultó sus trucos bajo ninguna alfombra. Siempre confesó que la clave de su éxito (literario) radica en resucitar aquella vieja tradición de relatos clínicos ricos en contenido humano que tuvo su auge en el siglo XIX y luego se desvaneció con la aparición de una ciencia neurológica impersonal, pese a la resistencia de figuras como Alexander Luria (La mente de un mnemotécnico), aquel neuropsicólogo ruso –idolatrado por Sacks– quien apostaba por una ciencia romántica.
“Para situar en el centro de la medicina al sujeto, el ser humano que lucha y padece, hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento –revela Sacks, un hombre solitario y que nunca tuvo hijos–. Sólo así tendremos un quién además de un qué , un individuo real, una relación con la enfermedad”.
De esa manera y alejándose de la frialdad estéril del parte médico (ahí donde el sujeto es objeto), construye sus patografías, o sea, sus relatos en los que hilvana las biografías de varias personas dolientes y las enfermedades que las afligen, una diversidad de trastornos neurológicos que afectan al yo, y casos que nutrieron durante años los guiones de series médicas como ER y House y neurothrillers como Memento.
Sacks, sin embargo, no observa a sus pacientes desde afuera como si fueran insectos gigantes. Sacks se adentra en ellos, busca ver el mundo patológico a través de sus ojos. Luego de recibir una carta o un llamado a la puerta de su consultorio, los visita a sus casas, los lleva a un restaurante o al teatro, da un paseo en coche con ellos, comparte sus vidas. Sacks así es un médico que en lugar de calzarse aquella bata blanca que transforma a todo médico en superhombres –al menos ante los ojos de un enfermo–, se la quita. Hace tiempo abandonó los hospitales tan familiares para él durante décadas y se dedicó a investigar las vidas de sus pacientes en el mundo real, como un observador participante. O como él se define: “Un neuroantrópologo que realiza un trabajo de campo, un médico que visita a domicilio y atiende casos en los límites de la experiencia humana”.
Vista a la distancia, su obra va de menor a mayor. Habla de otros para progresiva y tenuemente terminar hablando de sí. En Migraña (1970), por ejemplo, detalla los síntomas y alucinaciones visuales que acompañan estas dolencias. Despertares (1973), donde cuenta su experiencia personal con pacientes de encefalitis letárgica –que dejó a miles de personas postradas– y el uso de la droga L-Dopa como tratamiento, fue su primer hit: Harold Pinter lo llevó al teatro en 1982 y también saltó al cine en 1990, con Robin Williams como el célebre neurólogo.
En Con una sola pierna (1984), describe cómo llegó a perder el control de una de sus piernas luego de que un toro se la quebrase en un paseo por Noruega. En Veo una voz (1990) analiza la sordera congénita y el lenguaje de signos. En La isla de los ciegos al color (1996) sorprende con el relato de una comunidad indígena cuyos integrantes padecen de acromatopsia, ceguera al color. Y en Musicofilia (2007), investiga las conexiones entre cerebro y música.
El gran batacazo de este neuroescritor conocido por haber experimentado con LSD y anfetaminas en los sesenta, sin embargo, lo había producido poco antes, en 1985, con El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, un clásico de la divulgación científica protagonizado, entre otros, por el doctor P., un músico afligido por agnosia visual, o sea, la incapacidad de reconocer caras.
Como si fuera una serie de novelas de detectives, le siguió Un antropólogo en Marte (1995) con casos aún más desconcertantes: el pintor que después de perder la visión del color no desea recuperarla; Virgil, el ciego de nacimiento que recobra la vista a los cincuenta años gracias a una operación y no puede soportarlo; y Temple Gradin, incapaz de reconocer emociones en los demás (Síndrome de Asperger).
Hasta que, por fin, el ciclo de este neuroescritor parece cerrarse en su reciente Los ojos de la mente, donde explora los horrores de la ceguera y demás problemas visuales (alexia o ceguera a las palabras, alucinaciones, carencia de visión estereoscópica, prosopagnosia o ceguera de caras) e intercala entre caso y caso la historia de un paciente especial: Oliver Wolf Sacks.
Como si Arthur Conan Doyle se convirtiera en un personaje de una novela de –justamente– Arthur Conan Doyle, el neurólogo inglés realiza en su “diario del melanoma” una vivisección sobre sí mismo y cuenta cómo en 2005 un tumor en su ojo derecho lo dejó semiciego. Primero vio luces, destellos. Luego lo invadió la oscuridad. Y después de la paranoia, lo asaltaron los efectos colaterales, acostumbrarse a ir por el mundo sin poder reconocer rostros familiares.
Sacks vio las dos caras del espejo para reconocerse tanto como médico y como paciente. Y así concordar con William Osler, prócer médico que a principios del siglo XX dijo con certeza: “No preguntes qué enfermedad tiene una persona, sino a qué persona elige una enfermedad”.

jueves, 23 de agosto de 2012

ROBERT CASTEL

Robert Castel: “Hay un reinado de la incertidumbre”

Disiente con quienes hablan del fin del trabajo y de la sociedad del riesgo, pero advierte sobre la precarización que todo lo fragmenta. El sociólogo francés visitó Buenos Aires.

POR Hector Pavon

Cae la tarde en Recoleta. En el bar del hotel se recompone Robert Castel después de una jornada intensa, al igual que lo fue toda su semana. Dio charlas en la Universidad Nacional de General Sarmiento, la Fundación Sur, la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y hasta se acercó a la intendencia de Morón, junto a otros intelectuales franceses e italianos para conocer detalles de la gestión del joven intendente sabbatellista Lucas Ghi. Sereno y experimentado, Castel habla de inseguridades, incertidumbres, incertezas y el porvenir, en los arrabales parisinos y en las ciudades de la crisis europea.
-¿Qué desafíos plantea la lucha contra la inseguridad en Francia, un tema recurrente?
-En algunos barrios hay una conexión de dos tipos de inseguridades. La que podríamos llamar inseguridad social, es decir, la que surge de las tasas de desocupación, del trabajo precario, de las condiciones de hábitat desfavorables, las tasas de pobreza, la desindustrialización, etcétera. Y es cierto que también son barrios donde hay una tasa de delincuencia que podríamos denominar de inseguridad civil, es decir, la de los problemas de violencia, robos, agresiones, etcétera. Se superponen. Allí hay una tentación de las políticas de seguridad pública de poner el acento en la inseguridad civil, es decir, en la lucha contra la delincuencia y en aplicar la tolerancia cero –la fórmula de Sarkozy cuando era ministro del Interior.
-¿Y la crisis europea y sus repercusiones en Francia, alimentan esa tentación?
-Lo que pasa es que no es en los suburbios donde nació la desocupación: la creó el estado del mercado del trabajo. Y eso ocurrió en Francia y en Europa, con la desindustrialización, las transformaciones profundas del mercado de trabajo y de la organización del trabajo en el sentido, justamente, de una precarización de los empleos. Pienso que el desempleo es una cuestión bastante dramática pero al mismo tiempo hay un proceso de precarización del trabajo que hace que cada vez más el trabajo se realice en formas fragmentarias, limitadas en el tiempo –existen los contratos de duración determinada, seis meses y que no suelen ser renovables. O sea que hay una especie de estallido del mercado. Por ejemplo, en Francia se vuelve a hablar de trabajadores pobres, cuando históricamente, la pobreza trabajadora es algo que prácticamente había existido siempre, sólo que al final del capitalismo industrial, es decir en los 60, 70 había habido, un estatuto del empleo que parecía sólido, con protecciones, derechos; se creía haber vencido la pobreza laboriosa. Ahora bien, es un fenómeno que vuelve y además de trabajadores pobres propiamente dichos, existen todas esas formas de empleo precario, muy diversas, de las que sería necesario hacer la cartografía, pero creo que observamos un desarrollo en el mercado de trabajo actualmente, de “los precarizados”, una especie de condición de trabajo por debajo del asalariado propiamente dicho. Si definimos el asalariado por el estatuto del empleo, ciertas garantías ligadas al trabajo, hay una suerte de infra-asalariado que se desarrolla en la actualidad. Y eso es un fenómeno que me parece igualmente grave que la desocupación en sí.
-¿Y qué pasó con aquella idea del fin del trabajo que sirvió de título al libro de Jeremy Rifkin en 1995?
-Es una idea estúpida. Lo digo con cierta brutalidad, pero creo que es estúpido porque los que hablaron del fin del trabajo confundieron dos cosas: el hecho de que el trabajo perdió buena parte de su consistencia. Y es cierto: el trabajo ya no es para muchos una especie de stock estable alrededor del cual se puede organizar más o menos la vida. El trabajo ha perdido mucha de su consistencia pero no por ello perdió su importancia. Y por ejemplo para un desocupado o un trabajador precario que teme perder su trabajo en seis meses o en quince días, la importancia del trabajo es como mínimo igualmente grande, sólo que es vivida en forma de la falta o del miedo. Yo decía que es estúpido hablar del fin del trabajo porque la vida de nueve personas de cada diez, al menos, depende de la relación que tiene con el trabajo. Si esa relación es positiva, justamente permite integrarla, si en la relación es más bien negativo, esa relación determinará el lugar que ocupa un individuo en la sociedad.
-¿Y el riesgo? ¿Está de acuerdo con Ulrich Beck y su tesis sobre la sociedad del riesgo?
-No. Pienso que esta noción suma riesgos completamente heterogéneos. Porque hay riesgos sociales, de la delincuencia, hay riesgos que podríamos llamar ecológicos como el calentamiento del planeta, etcétera. Es cierto, justamente, que hay muchos riesgos, pero me parece que hablar masivamente de una sociedad del riesgo significa sumar riesgos completamente heterogéneos lo que equivale a sumar miedos. Por eso es que paradójicamente en Europa la gente tiene miedo. En parte es esa amalgama de riesgo, cuando en realidad lo que me parece que se debe hacer es distinguir entre los riesgos y también distinguir entre las maneras en que se los puede combatir y afrontar que son totalmente heterogéneos. Por ejemplo una gran arma de dominio de los riesgos había sido la puesta en común (mutualización) de los riesgos, es decir, el sistema de seguros que había funcionado muy bien en Europa. En cambio, si hablamos del calentamiento del planeta, eso remite a una problemática totalmente distinta. En política, incluso, no se avanza demasiado para controlar el crecimiento, o para llegar a un acuerdo internacional para tratar de dominar estos riesgos que vienen, en el fondo, del desarrollo de las ciencias y las técnicas pero que se vuelven en contra del hombre. Ulrich Beck dice: estamos en esta tierra como en un asiento eyectable. Yo creo que exagera, salvo que uno viva en países como Afganistán, Palestina, Siria, por ejemplo. En caso contrario, esta dramatización consiste en asustar a la gente. Y eso es algo que me parece criticable.
-Sin embargo, creo que el espíritu de su libro “El ascenso de las incertidumbres” es un poco escéptico, desesperanzador ...
-Hay una suerte de reinado de la incertidumbre. No significa necesariamente que la situación se mantendrá así o que será cada vez más catastrófica porque, en el fondo, si el futuro es incierto, quiere decir que lo peor tampoco es seguro y que de todas formas no se puede deducir el futuro. Con todo, hay un dinamismo potente de este régimen del capitalismo que –se ve más bien con las crisis, las catástrofes financieras, etcétera, en el sentido de la desestructuración, la desregulación de las protecciones o sea que no creo que se pueda ser extremadamente optimista, pero al mismo tiempo hay quizá capacidades de resistencia o posibilidades de encontrar maneras de conciliar esta suerte de puesta en movilidad de la sociedad con nuevas formas de protección y de seguridad. Eso es más bien una pregunta que se puede plantear y una certeza que se puede tener.

jueves, 2 de agosto de 2012

Sobre los recuerdos y el olvido

NA INVESTIGACION ARGENTINA SOBRE LOS RECUERDOS Y EL OLVIDO

Los engranajes de la memoria

Dos científicos argentinos descubrieron que las neuronas que produce una estructura cerebral llamada hipocampo son necesarias para recordar hechos recientes, pero, al mismo tiempo, llevan a que los recuerdos antiguos se tornen más difíciles de rememorar.


 

Por Pedro Lipcovich

No se puede vivir sin olvidar: esta fórmula, que muchos aplicarían al amor o al desamor, al rencor o al duelo, vale materialmente para una estructura cerebral llamada hipocampo, según descubrió una investigación de científicos argentinos publicada en la revista científica Cognition. El hipocampo es una estructura cerebral responsable de la memoria reciente, y es uno de los pocos lugares del cerebro donde, durante la vida adulta, se siguen generando nuevas neuronas. El estudio –efectuado mediante un modelo computacional que los mismos investigadores desarrollaron hace unos años– indica que la aparición de estas neuronas nuevas es necesaria para que la persona pueda recordar hechos recientes, pero, al mismo tiempo, conduce a que los recuerdos antiguos se tornen más difíciles de rememorar. Pero no es que los recuerdos se pierdan: se transfieren, desde el hipocampo, a otros sectores cerebrales. Las personas con la enfermedad de Alzheimer no tienen problemas con los recuerdos antiguos, pero sí para “enfrentarse con la novedad”, lo cual sugiere que en ellas podría tener especial importancia la pérdida de la capacidad de generar nuevas células en el hipocampo. También las personas con depresión podrían tener, aunque de otro modo, afectada su capacidad para generar esas neuronas de la novedad.
El trabajo se llama “El olvido, en términos neurocomputacionales: la neurogénesis interfiere con la recuperación de recuerdos remotos”; fue realizado por Pablo Argibay y Victoria Weisz –del Instituto de Ciencias Básicas y Medicina Experimental del Hospital Italiano de Buenos Aires– y se publica en el último número de la revista científica Cognition: “En contraste con los modelos y teorías que relacionan la neurogénesis adulta con los procesos de aprendizaje y memoria, casi no se han formulado hipótesis sólidas sobre la influencia de la neurogénesis adulta en el olvido”, señala el artículo. Su aporte consiste en discernir “una distorsión de la memoria remota, causada por el nacimiento y crecimiento de nuevas células en el hipocampo: la activación de nuevas neuronas conduce a un empobrecimiento en la recuperación de los antiguos recuerdos en el hipocampo”; esos recuerdos “son transferidos al neocórtex (otro sector del cerebro) para su almacenamiento a largo plazo”.

Para llegar a estos resultados, los investigadores no cortaron cerebros ni pusieron ratitas en laberintos, sino que prendieron la computadora: Argibay y Weisz utilizaron un modelo matemático, que ellos mismos habían desarrollado y publicado en 2009 y que a su vez incorpora los resultados de las distintas investigaciones sobre el tema. “El hipocampo es muy importante para la memoria espacial –señaló Argibay a Página/12–: a los animales les permite ubicar los nidos, los lugares de caza o de peligro. En seres humanos, una investigación con resonancia magnética sobre taxistas londinenses, que por su trabajo habían desarrollado una gran memoria sobre calles bloqueadas y otros cambios cotidianos en la ciudad, mostró en ellos un gran desarrollo de la zona del hipocampo.”
–Quiere decir que el hipocampo se modifica según la experiencia... –Sí. Y, como se trata de un aumento de volumen, es probable que se deba a la aparición de nuevas neuronas. El hipocampo interviene también en la “memoria episódica”: yo converso hoy con usted y al mismo tiempo tomo café, miro distraídamente ese cuadro; mañana cualquiera de estos elementos, por ejemplo una taza de café, traerá a mi memoria el conjunto de esta conversación, de este episodio. Las ratas, por ejemplo, tienen en el hipocampo neuronas específicas que se activan cuando el animal vuelve a pasar por un lugar donde estuvo recientemente.
Eso, en cuanto al hipocampo y la memoria, pero ¿el olvido? “En nuestro modelo del hipocampo, cuando se intenta recuperar, digamos, el recuerdo número uno de una serie de 300, la memoria falla; ahora, si se suprime la generación de nuevas neuronas, la recuperación de recuerdos antiguos mejora –observó Argibay–. Pero hemos visto que la neurogénesis en el hipocampo es necesaria para que el cerebro pueda hacer frente a las novedades.” Entonces, ¿cómo hacemos para no perder los recuerdos a medida que se crean nuevas neuronas en el hipocampo? “Los recuerdos antiguos pasan desde el hipocampo a otras zonas del cerebro, donde se guardan de manera más o menos permanente”, explicó Argibay.

“En personas afectadas por la enfermedad de Alzheimer, o en otras a las que el hipocampo tuvo que serles extirpado, la recuperación de los recuerdos antiguos se mantiene, pero hay trastornos en la memoria reciente; no pueden ubicarse en su casa, saber con quién conversan, manejar la novedad. Esto obedece a una degeneración masiva del cerebro, donde, entre otras cosas, se pierde la capacidad de generar nuevas neuronas en el hipocampo –agregó Argibay–. En las personas con depresión también podría haber problemas con la neurogénesis: muchas veces la mejoría va acompañada de un aumento en el volumen del hipocampo, y se sabe que los antidepresivos estimulan la generación de nuevas neuronas en el hipocampo.”