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martes, 14 de mayo de 2013

Doble mastectomía

Angelina Jolie se somete a una doble mastectomía

La actriz decide operarse para reducir las altas probabilidades de desarrollar cáncer de pecho

Los médicos aconsejaron la cirugía debido a una herencia genética que aumenta el riesgo

Angelina Jollie el pasado 11 de abril
La actriz estadounidense Angelina Jolie ha anunciado que se ha sometido a una doble mastectomía con el fin de reducir las posibilidades de desarrollar un cáncer, debido a sus antecedentes familiares. La actriz ha dado a conocer su decisión en una carta publicada en el diario The New York Times, donde ha explicado que es portadora del gen BRCA1, que aumenta  dramáticamente el riesgo de desarrollar cáncer de mamas y de ovarios en las mujeres que lo poseen.
"Mis doctores estimaban que tenía un 87% de riesgo de contraer cáncer de mama y un 50% de padecer cáncer de ovarios, aunque los porcentajes varían de una mujer a otra", ha escrito la actriz. "Cuando supe que esta era mi realidad, decidí actuar de forma proactiva y minimizar el riesgo lo más que pudiera. Tomé la decisión preventiva de someterme a una doble mastectomía". Tras la operación, los médicos han reducido las probabilidades de la actriz de desarrollar estas enfermedades hasta un 5%.
Portada de la revista 'W', en que Angelina Jolie aparece amamantando a uno de sus hijos. / CORDON PRESS
En la misiva, Jolie, de 37 años ha explicado que entró en el quirófano motivada por el miedo a padecer la misma enfermedad que mató a su madre, la productora y actriz Marcheline Bertrand, en 2007 a la edad de 56 años, a pesar que el de su madre era un cáncer ovárico.
“Al enterarme de mi situación, decidí someterme a nueve semanas de completa cirugía”, ha manifestado la actriz. El proceso comenzó en febrero y se completó a finales de abril, en el Pink Lotus Breast Center, de California. El tratamiento incluyó las dos adenomastectomías y una reconstrucción de pecho.
Según explican los especialistas, no se trata de la misma operación a la que se someten las mujeres que padecen cáncer de pecho, ya que no se extirpa la glándula mamaria por completo. Se respeta, por ejemplo, el pezón y los conductos que lo irrigan: una vena y una arteria, que pasan por el medio de la mama. De ahí que quede un 5% de posibilidades de desarrollar la enfermedad; nada comparado con el 87%.
Ya puedo decirles a mis hijos que no deben temer: no perderán a su madre a causa de un cáncer de mama".
Angelina Jolie
"Quise escribir esto para contarle a las demás mujeres que la decisión de pasar por una mastectomía no es fácil", explica en su carta abierta la actriz. "Pero estoy muy feliz de haberla tomado". En la misma misiva, titulada My Medical Choice (Mi decisión médica), Jolie también agradece el apoyo de su compañero, el actor Brad Pitt, y asegura que espera que esta decisión que ha hecho pública sirva de ejemplo para que más personas apliquen las mismas medidas preventivas que ella, pese a las dificultades físicas que suponen.
“Me siento fortalecida por la difícil decisión que he tomado, pero en ningún caso se ve disminuida mi feminidad”, asegura. “Para todas las mujeres que lean esto, solo espero que las ayude a conocer sus opciones”, añade. "Ya puedo decirle a mis niños que no deben temer: No me perderán por un cáncer de mama", concluye la artista, que tiene tres hijos biológicos -a quienes dio de mamar- y tres adoptados.

jueves, 9 de mayo de 2013

LINGUÍSTICA

La lengua ancestral de los eurasiáticos

Los lingüistas se inspiran en la genética para sondear la evolución del habla durante 15.000 años

El idioma común también estaría en el origen del vasco y del chino, según los expertos

"Torre de Babel" (1594), de Lucas van Volkenborth.
Los lingüistas están siguiendo estrechamente los pasos de sus colegas los biólogos evolutivos para reconstruir el pasado del lenguaje humano, la forma en que una hipotética habla ancestral fue ramificándose de manera incesante hasta producir la babel actual de 5.000 idiomas irreconciliables. Investigadores británicos y neozelandeses han hallado ahora sólidas evidencias de que todas las lenguas habladas actualmente en Europa y Asia, desde Lisboa a Pekín, provienen de una sola que se habló en el Mediterráneo hace unos 15.000 años, cuando la última glaciación empezó a remitir y las nuevas tierras emergidas del hielo perpetuo comenzaron a trazar las sendas que conectaron el gigantesco continente entero.
La primera teoría evolutiva, de hecho, precedió a Darwin en tres cuartos de siglo y no se refería a las especies biológicas, sino a los lenguajes. La formuló el jurista británico sir William Jones en 1787, en un discurso pronunciado ante la Sociedad Asiática de Bengala, y proponía que el sánscrito, el griego, el latín, el gótico, el persa y el celta provenían de un tronco común por divergencias sucesivas; nació así lo que hoy llamamos la familia lingüística indoeuropea, que seguramente hunde sus raíces en los primitivos asentamientos neolíticos que inventaron la agricultura en Oriente Próximo hace unos 10.000 años. La lengua eurasiática recién propuesta sería aún más antigua, de hace unos 15.000 años, y extendería su abrazo a lenguas no indoeuropeas como el chino o el vasco.
Al igual que los evolucionistas reconstruyen el pasado de las especies comparando genes de las especies actuales, Mar Pagel, Quentin Atkinson y sus colegas de las universidades de Reading (Reino Unido) y Auckland (Nueva Zelanda) han descubierto el eurasiático ancestral comparando palabras de las que se hablan en todo el continente actualmente. Esto no es nuevo para la lingüística. El problema para las reconstrucciones de largo alcance es que, según el conocimiento recibido en lingüística, las palabras cambian demasiado deprisa como para dejar trazas de su ancestro común más allá de unos 5.000 años.
La mayor aportación del nuevo estudio, presentado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences, es haber mostrado que, aun cuando eso sea cierto para la inmensa mayoría de las palabras, hay unos cuantos términos mucho más refractarios al cambio. Estas palabras ultraconservadas –que también tienen su equivalente directo en las secuencias ultraconservadas de los genomas biológicos— incluyen los numerales (los nombres de los números) y otros ingredientes del ‘metabolismo central’ de la gramática del tipo de yo, tú, aquí, como, no, allí y qué.
Los investigadores también han conseguido unas reglas que les ayudarán a encontrar el conjunto de palabras ultraconservadas más útiles en estudios futuros de otras lenguas. Como norma general, las palabras que aparecen en el habla común con una frecuencia mayor del uno por mil tienen entre 7 y diez veces más probabilidades que las demás de aguantar intactas, o al menos reconocibles, durante 10.000 o 15.000 años.
“Nuestros resultados”, dicen Pagel y sus colegas, “indican una considerable fidelidad de transmisión para algunas palabras, y ofrecen una justificación teórica para investigar características del lenguaje que pueden preservarse por grandes lapsos de tiempo y extensiones geográficas”. Los científicos no solo han comprobado este principio en las lenguas indoeuropeas, sino también entre los hablantes de las familias uránicas, chino-tibetanas, altaicas, austronésicas y el sistema Níger-Congo.
Las secuencias genéticas más refractarias al cambio a lo largo de las eras geológicas representan a menudo ‘interfaces’ de una molécula (por ejemplo, cierta zona de una proteína) que interactúan con tantos ‘partners’ que cualquier ligero cambio en la secuencia causaría un auténtico desmoronamiento de un amplio número de sistemas biológicos. Las palabras más frecuentes en el habla parecen ser su equivalente lingüístico, lo que puede bastar para explicar su resistencia al cambio. Sea como fuere, los lingüistas ya disponen de un juego de ‘genes’ ultraconservados para analizar la noche de los tiempos.

viernes, 3 de mayo de 2013

El bloqueo de un gen reduce tumores

El bloqueo de un solo gen reduce la agresividad de los tumores

El hallazgo es el primer paso para posibles tratamientos de cánceres resistentes a otros fármacos 

Madrid

Microfotografía coloreada de células de cáncer de mama. / age fotostock
 
 
Un equipo de la Universidad Johns Hopkins ha descubierto un gen que actúa como un interruptor en los procesos tumorales. En concreto, estudiando células de cáncer de mama humano, han visto que tras su bloqueo el cultivo adquiere el aspecto de un tejido sano. Ello apunta a que un fármaco que actuara en este sentido podría ser una alternativa sobre todo en tumores que sean resistentes a los medicamentos hasta ahora en uso. El artículo lo publica PLOS.
El gen que ha sido objeto del estudio pertenece a una familia de amplias propiedades, los HMG (iniciales High Movility Group, grupo de elevada movilidad). Ya en el nombre indica  que tiene una relación con el crecimiento celular, cuyo descontrol es la causa de los cánceres.
"Este regulador maestro está normalmente desactivado en las células adultas", ha dicho Linda Resar, investigadora de la Johns Hopkins. "En cambio, está muy activa en el desarrollo embrionario y en las fases agresivas de todos los tumores que se han estudiado". "Nuestro trabajo muestra por primera vez que desactivando este gen en células de una forma agresiva de cáncer cambia extraordinariamente su apariencia y su comportamiento", ha añadido.
Trabajos anteriores de Resar habían ya intervenido sobre el gen HMG1 pero aplicados a la reprogramación de células madre. Esto es lógico visto su papel en la proliferación y especialización celular. De paso, el estudio pone de manifiesto, otra vez, la relación entre células madre y cáncer. Cuando las primeras se activan de manera inadecuada, aparecen los segundos.
El trabajo, realizado en cultivos celulares, puede ser de gran interés en casos para los que no hay tratamiento. Por ejemplo, en el estudio se utilizaron las células llamadas triple negativas, porque no tienen ninguno de los genes o receptores que caracterizan las formas más habituales de cáncer de mama. Esta falta de señales, como el gen HER2, hacen que sean más difíciles de abordar. Después de alterar las células para inhibir el HMG1 se implantaron en ratones, y se vio que no se propagaban. En cambio, los cultivos no manipulados causaban metástasis.
El siguiente paso, ha dicho Resar, es obvio: intentar desarrollar un tratamiento basado en este principio. Algo que, si funciona, puede llevar hasta una década.

martes, 9 de abril de 2013

Entrevista a Antonio Brailovsky

"En la Argentina, la difusión científica está penalizada"

 

Llegar al gran público está "mal visto", afirma

Any Ventura


BUENOS AIRES, CIUDAD INUNDABLE"En el sistema científico argentino está muy mal visto hablar con el gran público. Nosotros tenemos un sistema científico que penaliza la difusión", dice Antonio Elio Brailovsky. Si algo caracteriza a este pensador, además de sus conocimientos de ecología, es el énfasis con que defiende sus ideas, que, pese a su gran elaboración, expresa en un lenguaje coloquial. Dice que actúa así porque siempre quiso facilitarle a la mayor cantidad de gente posible el camino hacia el pensamiento científico.
Brailovsky nació en Buenos Aires en 1946. Es licenciado en Economía y Política, además de historiador. Ejerce como profesor titular en las universidades de Buenos Aires y de Belgrano. Su primera nota sobre ecología se publicó en 1975, y su último libro, Historia ecológica de Iberoamérica, es una gran tarea de investigación. Actualmente está en prensa Buenos Aires, ciudad inundable. "Hay que plantear el acceso al agua limpia, pura y confiable en términos de derechos humanos", dice, y aclara: "Ya Hipólito Yrigoyen en 1929 planteaba ante el Congreso la necesidad de sanear el Riachuelo".
-Me parece que usted es la persona que habló por primera vez de ecología en el país. ¿Es así?
-Supongo que no hay otra persona que lo haya comunicado tanto. Nosotros tenemos un sistema científico que penaliza la difusión. A la gente del Conicet y a la de las universidades les restan puntos si hacen notas periodísticas, si aparecen en los medios. Está muy mal visto en nuestro sistema científico hablar con el gran público, porque se supone que se pierde jerarquía científica.
-¿Qué es lo que está mal visto? ¿Hacer fácil lo difícil?
-A mí, durante muchísimo tiempo, los académicos no me consideraron científico. Ahora, cada vez que publico un libro digo: "Esto es una investigación científica que utiliza un lenguaje semejante al del periodismo. Pero detrás de eso hay quinientas referencias bibliográficas".
-Uno se puede preguntar por qué hay tanta gente que habla de ecología, pero tan poca conciencia ecológica.
-Lo que no hay es información. Cuando se habla con los docentes, la prioridad es que los niños no tiren el papelito en el suelo. Esto es útil si uno tiene en claro que la persona que no tira el papelito en el suelo después se va a enojar si alguien tira tóxicos en el río. Pero solamente en ese caso. Sería bueno discutir prioridades: el papelito en el suelo es poco relevante.
-¿Y qué sería lo relevante?
-Para mí, la primera prioridad es el agua. Somos aproximadamente un 70% de agua. Usted y yo somos agua del Río de la Plata, y lo que le pase al Río de la Plata nos va a pasar a nosotros. No hay escape tomando agua envasada, porque se saca del mismo lugar de donde se saca el agua de la canilla, salvo que le quitan el cloro. No es sólo un recurso natural. Hay que plantear el acceso al agua limpia, pura y confiable en términos de derechos humanos. El agua limpia es un bien cada vez más escaso. Lo que no quiere decir que falte agua materialmente. Agua va a haber, pero tiene que haber agua confiable.
-A lo largo de la historia ecológica de la Argentina, ¿hay rastros de una cierta conciencia?
-La generación del 80 definió una estrategia de agua potable y saneamiento a partir de las grandes epidemias. Tuvimos cólera de 1868 a 1869; tuvimos fiebre amarilla en 1871. Los integrantes de la generación del 80 pensaron que no se puede tener una gran ciudad sin un sistema de agua potable y cloacas. En los debates del Congreso de la época, una cantidad de higienistas decían que la epidemia era la venganza del pobre contra el rico. Si los ricos mantenían a los pobres en condiciones infrahumanas, los pobres se iban a enfermar. Los pobres se enfermaban y entonces la epidemia atravesaba la barrera que separa a pobres y ricos.
-¿Qué entendemos hoy de esa mirada ecológica?
-La sociedad entendió que el tema debe ser objeto de consideración. Antes, yo escuchaba argumentos como: "La ecología es cosa de los alemanes y los suecos, porque tienen todos los problemas solucionados". Ahora, ya hace muchos años que no escucho ese argumento. En algún momento me decían: "Nosotros estamos a favor de la contaminación porque significa desarrollo, puestos de trabajo".
-¿Será que no suma votos?
-Estoy pensando en el caso del Riachuelo. El proyecto de saneamiento que la Corte Suprema ordenó hacer es caro, pero muy elemental, porque no consiste en limpiar, sino en mandar con un caño toda la basura al medio del río, donde no se vea. Se supone que el río la va a diluir. Además, es el mismo que estaba en el proyecto de los mil días de María Julia Alsogaray, que estaba en el proyecto del Ministerio de Defensa de 1962 y que fue anunciado por Yrigoyen en 1929.
-¿El mismo?
-Sí, con variantes, pero con la misma concepción: un caño grande que mande toda la porquería al medio del río. Y fue por primera vez proyectado a fines del siglo XIX. Si esto no es una política de Estado, no sé qué es una política de Estado, porque en un siglo hemos tenido gobiernos de todos los signos políticos imaginables. Es una asignatura pendiente fuerte, porque además el Riachuelo desagua en el Río de la Plata, que es el tanque de agua de seis millones de personas.
-¿Se podría haber logrado un desarrollo industrial sin contaminar?
-En el mundo hubo un abaratamiento en la industria de saneamiento. Sólo que hay una cantidad de industriales que juegan con la ignorancia real o fingida de algún sector político para decir: "Si nos obligan a limpiar el efluente, tenemos que cerrar y dejar a la gente en la calle".
-¿Es mentira?
-Es mentira. Se puede pagar; hay créditos internacionales baratos. Hay que verlo más desde lo político que desde lo tecnológico. Aquí el problema es político.

ANTONIO BRAILOVSKY
Especialista en historia ambiental


  • Profesión: economista

  • Edad: 64 años

  • Origen: Argentina

  • Formación: con estudios en economía e historia, es docente en la UBA y en la UB.

  • Público: entre 1998 y 2003 fue defensor del pueblo adjunto en la ciudad de Buenos Aires.

  • Libros: es autor de Historia de las crisis argentinas (1982), Memorias verdes (1990) e Historia ecológica de Iberoamérica (2009), entre otros.
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viernes, 29 de marzo de 2013

Narrar la ciencia

Narrar la ciencia

En el mundo literario, las ciencias ocuparon tradicionalmente subgéneros para fans. Libros Recientes alimentan un fenómeno novedoso: científicos que escriben ficción y escritores exitosos que le perdieron el miedo al laboratorio. Aquí, títulos, autores y opiniones.

POR FEDERICO KUKSO

Las avalanchas no sólo son el síntoma de la montaña tapizada por la nieve. O la eventualidad que nadie desea tentar ni siquiera invocando su nombre. Todos los días una avalancha de datos, cifras y apellidos disonantes nos sepulta, comprime, asfixia. Aquel flujo y ruido ensordecedor que llamamos con liviandad “información” descarga cotidianamente todo su peso y furia sobre nosotros y nos desorienta. O peor. Nos vuelve ciegos ante ciertos acontecimientos disruptivos –y decisivos– capaces de hacer temblar nuestra imaginación y reconfigurar nuestros sentidos. Hace unos meses, por ejemplo, dos biólogos dieron un paso más que importante para redefinir para siempre la literatura. Y las principales editoriales del mundo ni siquiera se enteraron.
Desde la asepsia espartana de un laboratorio de Boston, Estados Unidos, George Church y Sriram Kosuri se rieron de lo imposible: lograron almacenar un libro en una molécula de ADN. Como quien hace presión y consigue introducir en un hueco de su hacinada biblioteca una novela después de terminar de leerla, estos investigadores de la Universidad de Harvard insertaron –codificación mediante– 53.500 palabras y 11 imágenes en la oscuridad de un espacio ridículamente pequeño y compacto, allí donde descansa el secreto de la vida, la información genética necesaria para construir un organismo.
No importa mucho que haya sido una movida de marketing para promocionar el libro en cuestión –el de Church, Regénesis: cómo la biología sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos –, o que no haya sido el único caso –Nick Goldman, un investigador del Instituto Europeo de Bioinformática, logró compactar también en una molécula de ADN los sonetos completos de Shakespeare y el discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King, en enero pasado–, o ni siquiera que la técnica sea aún demasiado costosa y arrastre varios ceros. Arremetidas científico-literarias de este tipo abren caminos insospechados: antes de lo que pensamos, el sueño de la movilidad total podría volverse realidad. De la noche a la mañana, nuestros cuerpos podrían convertirse en bibliotecas perfectas. Y nuestras células, en estantes. Pasarán los años, tal vez el libro de papel finalmente muera y los ebooks ganen la batalla. Pero las ficciones que nos hipnotizan vivirán en nosotros. Nos habremos transformado entonces en libros con piernas. La literatura al fin se habrá hecho carne.
Quizá falta mucho. Quizá no. Pero lo cierto es esto: la ciencia y la literatura no transitan más por separado. No luchan en secreto por ignorarse como dos extraños se esquivan en la calle. Hace tiempo que se abrió una puerta entre ambos universos y a través de ella se tendió un puente, uno de dos carriles, de ida y vuelta. Ciencia y literatura ahora conversan, se entrelazan, discuten. Y más que una moda alimentan una tendencia. Basta con ir a una librería o recorrer con la vista –acelerados por la gula literaria por tener y leer todo– las novedades de una editorial. Ahí están las novelas-experimentos de Michel Houellebecq, Ian McEwan, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, David Leavitt, John Banville, Hans Magnus Enzensberger y David Lodge, para mencionar algunos de los principales nombres del star system de la literatura actual, obras en las que las palabras, los oraciones y los párrafos son atravesados por la simbología y la sensibilidad de la genética, la matemática, la física, la biología y demás disciplinas científicas.
Los escritores le perdieron el miedo a las ciencias. Era hora.

Algo de historia
El 7 de mayo de 1959 Charles Percy Snow partió la cultura occidental en dos. La rebanó en una cultura científica y una cultura humanística. En su famosa charla en la Universidad de Cambridge, este químico y novelista inglés señaló la existencia de un abismo en la vida intelectual o como lo llamó “un golfo de mutua incomprensión” entre dos polos: los científicos que ignoraban la obra de Dickens o Shakespeare y los “intelectuales literarios” que desconocían la segunda ley de la termodinámica. En un punto, Snow tenía razón. Por entonces, imperaba cierta ignorancia recíproca, se expandía una grieta, se había oficializado un divorcio (“La ciencia no me interesa para nada”, soltó como una bomba Jean-Paul Sartre). Pero en otro punto no.
En rigor, estos dos registros, dos lenguajes, dos maneras de razonar e interpelar al mundo –el escritor conmueve con mundos imaginados; el científico descifra los misterios del mundo “real”– nunca estuvieron del todo desconectados.
En los últimos doscientos años, toda clase de escritores, de hecho, palparon las teorías e ideas científicas que conformaban también la atmósfera intelectual de su época. No vieron en ellas monstruos ni laberintos sin salida. En 1839, por ejemplo, Edgar Allan Poe escribió –o más bien corrigió– las anotaciones de su amigo Thomas Wyatt: Conchologist’s First Book. A System of Testaceous Malacology, arranged Expressly for the Use of Schools (El primer libro del conchólogo. Un sistema de malacología testácea, arreglado expresamente para su uso escolar), un manual sobre moluscos, al que le siguió en 1848 Eureka: un poema en prosa –traducido al español por Julio Cortázar–, un ensayo sobre la naturaleza y el origen del universo, su funcionamiento y su futuro.
En Moby Dick , Herman Melville se hacía las mismas preguntas que perseguían a los biólogos marinos a mediados del siglo XIX. “¿No es un hecho curioso que un animal inmenso como es la ballena vea el mundo por un ojo minúsculo y oiga el trueno por una oreja tan pequeña como la de una liebre?”, apuntó el escritor estadounidense.
Y eso no es todo: en las veinte páginas de Informe para una academia (1917), Kafka introdujo una suerte de teoría de la evolución en versión acelerada al contar la historia de un simio –Pedro el Rojo– que es cazado y tras cinco años empieza a hablar y adquirir las costumbres de la cultura europea.
En cuanto a Vladimir Nabokov, este escritor ruso se inclinaba tanto por las Lolitas como por la entomología y el estudio de las mariposas. Nicanor Parra, además de poeta, era matemático y físico. Y mucho antes de este escritor chileno, Samuel Taylor Coleridge tenía la –sana– costumbre de asistir a charlas científicas en la Royal Institution de Londres. Cuando le preguntaban por qué perdía el tiempo yendo a las clases de química, Coleridge siempre contestaba lo mismo: “Para enriquecer mis provisiones de metáforas”.
Aun así, en el mundo literario las ciencias siempre fueron empujadas a un rincón o enclaustradas en guetos –literatura de anticipación, ciencia ficción, cyberpunk, steampunk, biopunk–, subgéneros destinados a “nichos”, a un “público especializado”, a fans. Siempre fueron algo menor, estuvieron condenadas a ser alejadas de los grandes temas de la literatura.
Pero no más. En algún momento de las últimas décadas –pero con más fuerza en recientes años–, la grieta se achicó. Y la ciencia se filtró. Salió del closet –su armario: el laboratorio– en dos movimientos simultáneos: los científicos comenzaron a escribir novelas –el matemático Guillermo Martínez lo hizo en Acerca de Roderer y Crímenes imperceptibles ; el astrofísico Fred Hoyle en La nube negra ; el físico Alan Lightman se despachó con Los sueños de Einstein ; en su momento, la bióloga Paola Kaufmann escribió El lago y La noche descalza ; el biólogo Diego Golombek publicó Así en la Tierra – y un puñado de escritores se animaron a escribir sobre ciencia como David Foster Wallace y su Everything and more: a compact history of infinity (y también en su monumental La broma infinita , llena de matemática), Jonathan Franzen hizo lo suyo en su texto “El cerebro de mi padre” (en Cómo estar solo ), David Leavitt en Alan Turing: el hombre que sabía demasiado , el irlandés John Banville se despachó con su tetralogía científica Doctor Copernicus (1976), Kepler (1981), La carta de Newton (1982) y Mefisto (1986) y Thomas Pynchon lo hizo en Contraluz , donde asoman los rayos e ideas eléctricas de Nikola Tesla, el genio serbio eclipsado por Thomas Edison.
Toda clase de autores se apoderaron de las ciencias. Dejaron de considerarlas ajenas, distantes. Descubrieron que en ese universo paralelo había también historias para contar. Cada vez con más regularidad, metabolizan los temas científicos y, en lugar de expulsarlos y exhibirlos con un gran cartel que dice “esto es ciencia”, los inmiscuyen en la trama, en sus conflictos, moldean la personalidad de los protagonistas. Y dan a luz a un nuevo género, bautizado por el químico Carl Djerassi –y autor de la novela El dilema de Cantor – “ciencia-en-la-ficción”, una etiqueta de catálogo utilizada sobre todo para diferenciar a este tipo de novelas del ya confuso universo sci-fi .
Más que divagaciones y proyecciones futuristas –distópicas o utópicas, no importa–, estas obras ponen el acento en otra parte: toman la descripción realista del microcosmos científico como lanzadera de despegue de la imaginación. Con la iconografía de la ciencia como telón de fondo (los institutos, los campus universitarios, la burocracia, los personajes, los conceptos y las reglas de juego de esta tribu), desnudan al ser humano, critican la decrepitud de la sociedad, el pavor a envejecer y todo aquello que sucede en ese breve lapso que separa al nacimiento de la muerte.

Sin estereotipos
Más que ahondar en la imagen algo descascarada del científico –el desvariado, el genio del mal, el salvador, el Moisés laico–, en estas historias los hombres y mujeres de ciencia recobran su humanidad hace tiempo diluida por un estereotipo anquilosado. En estas nuevas tramas, estos personajes se vuelven cercanos. No en tanto héroes asexuados o pura razón sino como individuos intensos que dudan, aman y sufren, como el personaje del físico nuclear Viktor Shtrum en la novela Vida y destino, del ruso Vasili Grossman o el matemático indio Srinivasa Ramanujan en El contable hindú, del estadounidense David Leavitt.
O también como el neurocirujano Henry Perowne, protagonista de Sábado, de Ian McEwan, quizás el escritor más científico del momento –junto, claro, a Michel Houellebecq– quien en Solar , un novelón sobre el cambio climático y el fraude científico, caricaturiza a los ganadores del Premio Nobel y a la elite científica al hacer un primer plano sobre las corrupciones del físico Michael Beard, un gran antihéroe, un falso ídolo: un cobarde, mujeriego, charlatán (“Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos, inteligentes, que inexplicablemente atraían a las mujeres”). “No quería crear un héroe con espada, capaz de salvar el mundo del cambio climático, sino un científico con suficiente calidez humana para que el lector pueda sentirse reflejado”, afirmó con sarcasmo el escritor inglés, quien prefiere los protagonistas racionales como el periodista científico Joe Rose de Amor perdurable .
Ciencia y ficción se imbrican así en cierta clase de contrato. Firmaron un pacto de mutuo entendimiento con una meta en común: explorar la naturaleza humana. “¿Es la descripción de la conciencia patrimonio de la literatura o de la ciencia? –se pregunta el inglés David Lodge, autor de Pensamientos secretos –. Luego de escribir la novela llegué a la conclusión de que ambas aproximaciones, la literaria y la científica, son complementarias. La conciencia es un fenómeno muy individual. Mientras que la ciencia busca teorías y explicaciones generales, el novelista es capaz de transmitir una vívida sensación de lo que supone la conciencia. Por eso leemos novelas, para hacernos una idea de cómo experimenta otra gente el mismo mundo. No se puede decir que la perspectiva de la ciencia o de la literatura sea la única correcta”.
Sin casarse con las ciencias –no se vuelven los voceros del átomo, los RR. PP. del genoma o del universo–, aquellos que empujan esta ola científico-literaria construyen una nueva figura de escritor: el escritor-anfibio que navega y sobrevive en diversos ambientes y lenguajes, el representante de una tercera cultura capaz de contar la ciencia en palabras, en historias. Y así contagiar la pasión por las hormigas o por la exploración espacial a aquellos que habían odiado las clases de biología, matemática o física en el secundario.
“Mis novelas y el método científico tienen algo en común: lo experimental. En cierto modo, mis personajes son experimentos que hago con mi cerebro: unos marchan y se desarrollan bien; otros, no marchan”, suele declarar Houellebecq, el gran provocador, un verdadero esteta del dolor, del tedio, de la exasperación de aquel fenómeno que es vivir. Mientras que para su libro Ampliación del campo de batalla aprovechó su experiencia como programador de computadoras, para hablar sobre clonación en La posibilidad de una isla enganchó las investigaciones sobre la oveja Dolly con la secta de los Raelianos y para El mapa y el territorio reflotó su licenciatura en agronomía, para Las partículas elementales se inspiró en los experimentos de 1982 del físico Alain Aspect en 1982, lo que en mecánica cuántica se llama “la paradoja EPR”: cuando dos partículas interactúan, sus destinos se vinculan. Al actuar en una el efecto se propaga a la otra, como Houellebecq lo ejemplifica al narrar la vida entrelazada entre dos hermanastros: Michel, el biofísico que en un momento renuncia a la sexualidad y Bruno, profesor de literatura, sexópata, misógino. O un mismo espejo con dos caras: ciencia y literatura.

Canjes y experimentos
En realidad, más que un procedimiento narrativo afín al realismo social que reina en estos momentos en gran parte de la literatura, se trata de una operación de canje, un préstamo. Autores que toman el discurso científico, sus personajes, sus modismos y le inyectan no aquello que carecen sino que se esfuerzan por mantener oculto detrás de la cortina: el yo, los sentimientos, las contradicciones y claroscuros de la fórmula que compone la humanidad. Así lo hizo Jonathan Franzen, quien aprovechó sus investigaciones en sismología y su paso por el Departamento de la Tierra y las Ciencias Planetarias de la Universidad de Harvard para componer el clima tenso –y a veces asfixiante– en el que avanza su segunda novela, Strong Motion .
En otros casos, consisten en encuentros provocados, acercamientos entre escritores e investigadores cuyos resultados se ven en la colección de cuentos compilados en el libro recientemente publicado La piedra de la cordura . Invitados por el médico cardiólogo y editor Daniel Flichtentrei y el neurocientífico Facundo Manes y coordinados por la editora y periodista Amalia Sanz, nueve escritores argentinos se reunieron con psiquiatras, neurólogos y otros especialistas en ciencias de la mente. Se vieron las caras, charlaron, discutieron. Y de esos diálogos que traspasaron las disciplinas surgieron ficciones que orbitan alrededor de una patología neuropsiquiátrica, como una especie de continuación de la rica tradición literaria de hacer pie en una enfermedad para narrar una historia (la tuberculosis en La montaña mágica, de Thomas Mann y en Boquitas pintadas, de Manuel Puig, la poliomielitis en Némesis, de Philip Roth, el mal de Alzheimer en Desarticulaciones, de Sylvia Molloy).
El personaje del relato El sentido de las palabras de Angela Pradelli es la demencia semántica, un trastorno del lenguaje en el que los pacientes presentan un deterioro progresivo en la comprensión de los nombres. “La relación de la vida con la literatura y el lenguaje como misterio que nos constituye son siempre una zona de mucha conmoción para mí –dice la escritora–. Las reuniones con los especialistas me permitieron conocer trastornos del lenguaje de los que nunca había oído hablar”.
Sergio Olguín, en cambio, eligió la bipolaridad para delinear a Emilio, el protagonista ermitaño de Fin de semana . “Me pareció que era una enfermedad muy literaria, ideal para escribir un cuento”, relata el autor de la novela La fragilidad de los cuerpos . El psiquiatra Sergio Strejilevich le explicó las características de la bipolaridad, le pasó videos y le recomendó libros. Para el relato Filiaciones , Ariel Magnus se volcó por la esquizofrenia. “Hablar con la psiquiatra Andrea López Mato me hizo cambiar algunas nociones que tenía acerca de la medicación psiquiátrica, al punto que terminé haciendo un cuento prácticamente pro-psicofármacos”, revela el escritor, quien llevó a la reunión un grabador que se le quedó sin pilas a los dos minutos. Y Mariana Enríquez tuvo que poner en pausa su afición por los vampiros, las posesiones demoníacas y el cuento fantástico –su firma–, para retratar un caso de epilepsia en La mujer que era sombra . “Me gustó escribirlo pero me quedé con ganas de hacer un cuento de posesión, de época, bien del siglo XIX”, confiesa la autora de Cómo desaparecer completamente .
Como se percibe en estos experimentos literarios –en los que también participaron Oliverio Coelho, Esther Cross, Guillermo Martínez, Claudia Piñeiro y Carlos Chernov–, la literatura no es autónoma del mundo ni de la época que la cobija. Vivimos en la era del genoma, de los aceleradores de partículas, de los descendientes del telescopio espacial Hubble, del despertar de la inteligencia artificial, en la que las ideas –abstractas y a veces difíciles– logran de una manera u otra encarnarse en ficciones, como ocurre con la hipótesis del multiverso y los universos paralelos en 1Q84 de Haruki Murakami.
En este tráfico de ideas, la literatura reenvía a los científicos su propia imagen: ya no el reflejo deformado sino una imagen más humana, cruzada por una multiplicidad de conflictos humanos mundanos como la insatisfacción sexual, la codicia, la obsesión.
Cargadas de historias grandes, medianas y chicas –pero bien humanas– para los tiempos científicos que vivimos, estas novelas levantan los velos con que los científicos han sido cubiertos por la literatura durante un tiempo. Dejan de ser invisibles, escapan de la cárcel mediática, de los títulos de prensa que los retratan como caricaturas cojas y que los empujan al agujero negro del lugar común.
En una suerte de fecundación cruzada, ciencia y literatura salen ganando. Abiertos los puentes –aun frágiles e inestables– entre estos dos universos, cuentos y novelas ayudan también a contrabandear ideas y conceptos, como si cada libro fuera un caballo de Troya: sin una actitud pedagógica, una impostura tipo Billiken o Anteojito, ilustran, explican, sugieren, traducen al idioma accesible de la cultura popular las imágenes y pilares conceptuales de las ciencias, aquellos escudos y armas que nos protegen de la charlatanería.
Como dice Alan Pauls en El factor Borges –el mejor libro de Borges no escrito por Borges–, es la magia de la ficción: “algo que está hecho de traducciones fallidas, de insuficiencias, de reciprocidades incongruentes, pero que es más capaz que cualquier otra cosa de hospedar ideas, conceptos, fórmulas, todas las abstracciones del mundo, y de darles un rostro y un nombre y de hacerlos viajar rápido, muy rápido, más rápido que la luz”.

viernes, 15 de marzo de 2013

La partícula de Higgs


El bosón de Higgs se parece cada vez más al bosón de Higgs

Nuevos datos del gran acelerador LHC indican que la partícula descubierta el pasado verano es la predicha, aunque no se descartan aún completamente otras opciones

 Madrid 
Ilustración que muestra una colisión entre protones.
La nueva partícula elemental descubierta el pasado verano, que ayuda a explicar el origen de la masa, “se parece cada vez más a un bosón de Higgs”, anunció ayer el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), junto a Ginebra, resumiendo los últimos datos presentados por sus científicos. Ahora han analizado dos veces y media más registros del gran acelerador LHC que los que tenían en julio y, por sus características, el nuevo bosón encaja cada vez mejor con el Modelo Estándar que describe las partículas elementales y sus interacciones.
Sin embargo, el CERN advierte que no está zanjada la cuestión aún porque no puede descartarse completamente que sea otra partícula similar al bosón de Higgs esperado. Podría tratarse del “más ligero de los varios bosones que predicen algunas teorías que van más lejos del Modelo Estándar; para conocer la respuesta habrá que esperar”, señala el laboratorio europeo. Los responsables de los dos grandes experimentos del LHC, ATLAS y CMS, han presentado estos últimos datos en la conferencia anual de física de Moriond que se celebra en La Thuile (Italia).
Luis Ibáñez, catedrático de física teórica de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), explica el motivo de las dudas que persisten: “En el caso de las teorías supersimétricas, hay otras tres partículas de este tipo y la más ligera de ellas se parece al bosón de Higgs del Modelo Estándar”. Pero él se inclina a pensar que lo que se ha descubierto hasta ahora en el CERN es el bosón de Higgs esperado. “No hay evidencia de que sea la otra opción y en el resto de los datos analizados del LHC no hay rastro todavía de partículas supersimétricas”. De la misma opinión es Luis Álvarez-Gaumé, físico teórico del CERN: “La verdad es que \[la nueva partícula\] se parece cada vez más al Higgs estandard; pero los físicos experimentales son muy cautos y quieren mirar todos los canales de desintegración y contrastarlos con las predicciones teóricas, y todavía hay alguna discrepancia”.
Las supersimétricas serían un nuevo tipo de partículas elementales predichas en las teorías denominadas de supersimetría, que van más allá del Modelo Estándar, y muchos físicos esperan que aparezca su rastro en el LHC. Hasta ahora no han hecho acto de presencia.
La nueva y ya famosa partícula de Higgs, buscada por los físicos desde hace medio siglo, fue presentada en el CERN el pasado julio, pero los físicos advirtieron que, si bien se trataba de una partícula nueva de tipo bosón con propiedades que apuntaban hacia el Higgs del Modelo Estándar, tenían que analizar más datos para estar seguros de su identidad. Y la búsqueda aún no ha concluido. “Los resultados preliminares, con todo el conjunto de datos de 2012, son magníficos y, para mí, está claro que tenemos entre manos un bosón de Higgs, aunque todavía tenemos un largo camino que recorrer para saber que de qué tipo es”, ha dicho en la conferencia de Moriond, Joe Incandela, portavoz de CMS.
Alberto Casas, científico del Instituto de Física Teórica (CSIC-UAM) pone un ejemplo para entender qué es el bosón de Higgs y cómo se busca: “Las partículas que tienen masa la adquieren por interacción con el llamado campo de Higgs que, para hacerlo fácil de entender, es como una gelatina invisible que permea todo el universo; cuando esa gelatina se agita, se forman olas, y las ondas, según las leyes de la mecánica cuántica son también partículas, en este caso bosones de Higgs. Para agitar en el laboratorio el campo de Higgs recurrimos a los choques de partículas a altísima energía en el LHC”.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Proyecto astronómico

Argentina y Brasil desarrollarán un proyecto astronómico

La instalación de una antena para estudiar diversos fenómenos del Universo demandará la inversión de 20 millones de dólares.

En el lado argentino del desierto de Atacama se estudiará la física solar, los agujeros negros y diversos fenómenos del Universo, a partir de la instalación de una antena de 12 metros de diámetro que permitirá mejorar la calidad de las investigaciones en radioastronomía lideradas por Estados Unidos, Japón y Europa.
Dicho instrumento comenzará a funcionar en 2016, cerca de la cima de una montaña en Altos de Chorrillo, a 4825 metros de altura. El director del Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR), Marcelo Arnal, aseguró a la Agencia CTyS que "este telescopio significará un salto mayúsculo para las investigaciones en radioastronomía y a su vez promoverá un gran impulso tecnológico".
El ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (MinCyT) y la Fundación para la Ciencia del Estado de San Pablo (FAPESP) acordaron aportar partes iguales para el establecimiento de esta antena paraboloide, dando así inicio al proyecto LLAMA (siglas de Long Latin American Millimetre Array ).
Su instalación operacional implica una inversión total de entre 15 y 20 millones de dólares. "Es un monto importante, pero muy bajo en comparación al desarrollo científico en astrofísica que generará en la región", comentó el investigador superior del CONICET Félix Mirabel y mentor del proyecto LLAMA cuando se desempeñaba como director de los Observatorios Europeos en Chile.
Marcelo Arnal forma parte del Comité Ejecutivo Internacional compuesto por cuatro argentinos y cuatro brasileños que definirán los aspectos científicos y tecnológicos del proyecto. "Inicialmente, lo utilizarán astrónomos de ambos países, aunque investigadores de todos el mundo podrán trabajar en conjunto con ellos", relató.
La instalación de este telescopio en la Puna salteña permitirá elevar la precisión de los estudios en radioastronomía hechos hasta hoy. Esto se debe a que la antena que será financiada por Argentina y Brasil estará ubicada estratégicamente y podrá realizar investigaciones astronómicas de forma coordinada con una red de 60 antenas que fue instalada del lado chileno del desierto de Atacama por Estados Unidos, Canadá, Japón, Taiwán y los países europeos.
Lo llamativo es que dicha red ubicada en Chile tuvo un costo altísimo, de 1400 millones de dólares, pero la única antena financiada por Argentina y Brasil permitirá elevar hasta diez veces su resolución angular, es decir, la capacidad de detalle de sus estudios. "Cuando nuestra antena opere en conjunto con la red que está del otro lado de la Cordillera, será como tener un telescopio de casi 200 kilómetros de diámetro”, describió Ricardo Morras, otro de los cuatro investigadores argentinos que componen el comité científico.
Esta gran efectividad se debe a que este tipo de instrumentos pueden operar en conjunto y aumentan su capacidad cuando se encuentran a grandes distancias. "Hay que tener en cuenta que las antenas ubicadas del lado chileno del desierto están distribuidas en un diámetro de 20 kilómetros, mientras que la que se ubicará del lado argentino va a estar a 180 kilómetros de ellas", especificó Mirabel.
El astrofísico agregó que "esta era una oportunidad única para Argentina y Brasil, porque con una inversión relativamente baja, sus investigadores tendrán la posibilidad de participar de forma creativa y productiva en proyectos astronómicos que tienen un costo imposible de solventar para los países de la región."
Debido a la importancia de este radiotelescopio para el desarrollo científico, no solo el MinCyT decidió hacerse cargo de los gastos de infraestructura para su instalación, sino que también el CONICET se comprometió a costear una cifra cercana a 600 mil dólares anuales para su mantenimiento. «

un sitio de excelencia
La Puna salteña es el sitio por excelencia para el desarrollo de la astronomía observacional por su altitud y sus condiciones atmosféricas, más allá de que los primeros observatorios se instalaron en La Plata, Córdoba y posteriormente en San Juan. Hacia fines de 2013 se sabrá si la Puna salteña es seleccionada para albergar el megaproyecto Cherenkov Telescope Array (CTA), el cual consiste en el establecimiento de una red de 80 telescopios, algunos de ellos de 25 metros de diámetro, para estudiar los rayos gamma que provienen desde el Universo e impactan contra la atmósfera terrestre.
Por otra parte, se está instalando sobre el cordón del cerro Macón, a 4650 metros de altura y a 360 kilómetros de la ciudad de Salta, un telescopio que tiene un costo cercano a los 600 mil dólares. Allí se establecerá el Centro Argentino-Brasileño de Astronomía.
 

pocos en el resto del mundo
Brasil se comprometió a comprar el radiotelescopio, mientras que la Argentina se encargará de desarrollar caminos, edificios y toda la infraestructura necesaria para operarlo. Más allá de que la antena paraboloide aumentará su potencial al operar en conjunto con la red situada en Chile, los científicos de la región también podrán utilizarla de forma independiente para hacer diversos estudios que pueden ir desde analizar la formación estelar y la física solar hasta observar las galaxias y los agujeros negros. “Hay pocos instrumentos semejantes en el mundo y los astrónomos de la región tenían un acceso muy limitado a ellos, pero ahora dispondrán del telescopio de LLAMA durante todo el año”, valoró Arnal.
El doctor Mirabel explicó que estas antenas funcionan captando las ondas de radio que emiten los diversos fenómenos del Universo.